Una simple coma puede crear gentilicios. Así,.en el
"Catálogo de manuscritos catalanes" (Madrid,
1931) Domínguez Bordona incluye la "Relació
de la Germanía" escrita por "Guillem
Ramón, catalá generós". !Qué
raro! El hijo del Barón de Planes, villa del Reino de
Valencia, proclamaba orgulloso su catalanidad en 1519. Pues
no se lo crean, simplemente era una alteración del original
(que he confrontado en la Biblioteca Nacional) con la adición
de una coma. Más respetuoso, Ximeno dejó en el
siglo XVIII esta nota sobre el autor e idioma del manuscrito:
"Guillem Ramón Catalá escribió
un diario en lengua valenciana" (Escritores del
Reyno, Valencia 1747, p.79).
O sea, que "Guillem Ramón Catalá,
generós", lo transforman en "Guillem
Ramón, catalá generós". EI
"generós" era título del Reino que le
correspondía por pertenecer al estamento militar. Figúrense
si cambiamos la coma a "Bautista Catalán, natural
del Reyno de Valencia" (A.C. Aragón, L.630), que
perdió la mano derecha luchando contra los catalanes;
se convertíría en "Bautista, catalán
natural del Reyno de Valencia". De igual modo sería
andaluz Francesc Sevillano, de Oropesa, antiguo
director del Archiu de la Corona; y serían valencianos
los catalanes del siglo XV "Jaume Valencià, de Sant
Fruitos; Joan Valencià, de Sant Julia Sassorba, y a la
viuda de Pere Valencià, de Vic", (Canc. 1463, CSIC,
Barcelona 1975). Quien incrustó la coma, qué casualidad,
fue miembro del Institut d'Estudis Catalans.
En consecuencia, hay que utilizar lupa como hace D. Fernando
Lázaro Carreter al criticar a periodistas y literatos,
aunque sus dardos filológicos sean agridulces. No dudó,
por ejemplo, en señalar a Goytisolo por sus "clichés
sintácticos aborrecibles" y usar la forma "andase"
en la página 226 de "Estatua con palomas".
Denunció la prosa llana de Soledad Puértolas,
y los adjetivos gastados de Masoliver; aunque el dardo más
doloroso lo lanzó a la californiana que investigó
el erotismo hispanoárabe.
Pero el autor de "EI dardo en la palabra" también
tropieza. En el "Diccionario de términos
filológicos" hay lapsus que hasta la fecha
-ocupado en fiscalizar a los demás- no ha enmendado:
"En Valencia, el término valenciano, usado
alguna vez durante los siglos XIII y XIV, fue abandonado y se
prefirió el de lemosín, usado hasta el siglo XIX"
(Lázaro Carreter, F.: Diccionario, Madrid 1987,
p. 259). La ambigüedad confunde. En primer lugar, el término
valenciano referido al idioma no aparece en el XIII (nos gustaría
afirmar lo contrario, pero sería mentir). En los "Furs",
reflejo del concepto ídiomático de la cancillería
real en el XIII, denominan "romanç" a la lengua.
El segundo fallo es más grave, pues la afírmación
de Don Lázaro Carreter de que el término valenciano
relativo al idioma es abandonado después del siglo XIV
produce espanto. Y, hasta la fecha, nadie ha protestado.
Ahora comprendemos que el Diccionario de la Real Academia Española,
de la cual es director D. Fernando, considere el valenciano
como un dialecto similar al bable o al panocho. Los académicos
que con tanta ligereza condenan la singularidad de nuestra lengua
y firman panfletos en su contra, debieran saber que a partir
del siglo XIV y hasta el XX está documentada la constante
utilización de los términos "idioma
valencià y llengua valenciana" en todos
los géneros literarios. Justo lo contrario de lo que
enseña este Diccionario a los filólogos de España
y América.
Estos conceptos en obra tan utilizada (3 ediciones y 7 reimpresiones)
generan que despistados catedráticos de universidades
extranjeras aplaudan la inmersión catalana en el Reino.
Y hay más detalles inquietantes sobre Don Fernando Lázaro,
como la crítica teatral en la que reproducía un
texto entrecomillado de Bruniquer -archivero
catalán del siglo XVII- con una estridente "amb",
desconocida en el Barroco. El académico aragonés
olvida que la preposición "amb" jamás
fue utilizada por el erudito Bruniquer, y que su implantación
actual se debe al capricho normativo del Institut d'Estudis
Catalans.
Con errores y abusos, la catalanización avanza. Así,
la alteración de topónimos valencianos (Alcoy,
Muchamel, Elig...) siempre está basada en el Institut
d'Estudis Catalans. Sucede, por ejemplo, con la imposición
de Castelló de la Ribera; el Dr. Corominas,
en 1980, ya despreciaba el topónimo oficial y en su Diccionario
Etimológico utilizaba Castelló de la Ribera.
Por su parte, la Enciclopedia Catalana embrolla datos para dar
a entender que la denominacíón de "Villanueva
de Castellón" tiene origen en el 1731;
cuando en carta de 1592 leemos: "Villanueva de
Castellón, la qual ha quatro años que
V. M. mandó dar título de Villa" (A.C.Ar.,
L.651 ).
!Vaya porvenir! Mientras defienden, dicen, la cultura valenciana
por la patria de Cantinflas; aquí, en el Reino, la catalanización
ordena y manda. Ahora mismo, las Universidades de Valencia y
Castellón celebran jornadas de Literatura catalana "per
a infants i joves", no "pera chiquets
y jovens". Por cierto, no lancen dardos con el
"pera" (castellano para), pues fue preposición
usada desde la Edad Media hasta principios del siglo XX; cuando
los del Norte la prohibieron.