Aunque
en el Reino de Valencia no estamos para asuntos heráldicos
-estupefactos ante la inesperada continuidad de la inmersión
catalana- comentaré algo sobre el "Els quatre
pals", reciente Iibro del conseller heráldico
de la Generalidad catalana, Armand de Fluvià,
al contener sus páginas fieros mandoblazos contra el historiador
aragonés Guillermo Fatas, catedrático
de la Universidad de Zaragoza. ¿Motivo?, la sempiterna
lucha entre Aragón y Cataluña por poseer las cuatro
barras.
Lo curioso es que el egregio conseller también reparte
leña a mi persona, involucrándome en la batalla.
Por tanto, aunque las refritas tarascadas de Fluvià
generen somnolencia, trataré de contestar a la
propinada al Tratado de la Real Señera -más conocido
como "Señeras valencianas y pendones catalanes"-
del que soy convicto y confeso autor.
Habitualmente, los del "Principat" (?) devolvían
burlonas sonrisas a los argumentos Valencianos (debates en TVE
con Ginér Boira y Vicente Ramos). En esta
ocasión, el conseller sugiere a los catalanes que no lean
mi libro por ser "un panfleto anticatalán,
escrito sin método ni visión histórica"
(p.126), aunque él sí lo ha leído... y con
provecho. La única novedad que ofrece "Els quatre
pals" está copiada de la que dimos a conocer sobre
la procedencia castellana de la leyenda de Wifredo el Velloso.
Pero, en insólita acción de un investigador, no
cita la procedencia.
Armand establece en "Els quatre pals"
un antes y un después de Beuter, renacentista amigo de
feligresas y de fantasías históricas. Gracias a
él, los catalanes presumieron de la bonita leyenda de las
barras de sangre, donadas por el emperador de Francia a Wifredo
el Velloso en el siglo IX. Todos la incluían en
los tratados de heráldica, dejando entrever que estaría
basada en hechos verídicos y catalanes. Pues bien, en 1989
dimos a conocer en LAS PROVINClAS (reportaje
de Baltasar Bueno, 14-7-89) que era una vulgar copia de otro episodio
ocurrido en la toma de Córdoba (año 1236), cuando
el rey de Castilla impuso sus dedos ensangrentados sobre el escudo
de un noble castellano.
Con este hallazgo terminaba la duda que había torturado
a los heraldistas españoles durante siglos. La noticia
del origen castellano fue un jarro de agua helada sobre los vexilólogos
y heraldistas catalanes; el estupor se adueñó de
ellos. La prensa libre ("Diario 16","Heraldo de
Aragón","Diario de Burgos"...) divulgó
la noticia publicada en LAS PROVINCIAS, e historiadores,
como el citado Guillermo Fatas, desde Zaragoza,
reconocieron la autenticidad de la misma.
Para hacernos una idea de lo que significaba la leyenda para Cataluña
hay que destacar que, aún en 1988, Udina Martorell,
director del Archivo de la Corona de Aragón,
mareaba la perdiz argumentando: "Los palos gules dados a
Wifredo, conde de Barcelona en el 873 nos brinda
una fecha y un origen, y fija sin ningún género
de dudas su procedencia francesa". Y divagaba que: "Beuter,
muerto en 1555, es el introductor de la leyenda. Pero, ¿fue
Beuter asimismo el inventor? Eso parece, aunque dice que la encontró
en unos papeles. Ahora bien, ¿podíamos creer que,
en efecto, existió un manuscrito producido en 1420 por
Bernat Boades? Así, la leyenda habría
nacido en Boades?" (Udina, F.: "EI escudo de Barcelona,
p. 24).
Udina pretendía darle origen catalán
al atribuirla al inexistente Bernat Boades, personaje
ficticio creado siglos después por la pluma falsificadora
del catalán Jalpi. Como era de esperar,
Armand de Fluvià oculta los pueriles patinazos de su maestro
Udina que, según declara, es el "historiador
que més ha tractat el tema dels Quatre Pals" (p.119).
Pues lo sentimos, pero las conjeturas sobre las barras de Wifredo
terminaron.
En consecuencia, después de reconocer Fluvià
que: "Avui sabem que Beuter fou l'adaptador de la Ilegenda"
(p.23) y repetir lo que exponemos sobre Beuter
y el incunable de Mexia en "Señeras
valencianas y pendones catalanes", disimula y pasa a otro
tema ¿cómo iba a citarnos sin contradecir su descalificación?
Y es que Armand de Fluvià, a pesar de
lo que dice "L'Avenç" (junio,
.95) no aporta datos inéditos ni "ha desempolvado
archivos para desmontar las tesis aragonesas". Como abogado
que es -no historiador- el conseller Fluvià
se limita a embarullar el tema con datos anacrónicos y
manoseados, soslayando los contrarios a su tesis.
Su débil defensa de la catalanidad de las barras ¡cuando
no existía tal región!, son patéticas. Por
poner un ejemplo, Fluvià recoge escritos que le favorecen
del padre Ribera -historiador del siglo XVII-,
pero olvida mencionar una prueba definitiva de la aragonesidad
de las barras al testificar Ribera que en el
siglo XIII (el de Jaime I) los habitantes de Barcelona las llamaban
"de Aragón", no de Cataluña
o Barcelona (Ribera, M.: "Real Patronato". Barcelona
1625, p.25). Este es el método científico de Fluvià,
aunque su panegirista Eulàlia Duran i Grau admire en él
la "seva solidesa i feina d'advocats, no d'historiadors".
Fluvià sigue la tradición del manuscrito Ms
A-98 del Instituto Nacional Municipal de Historia de
Barcelona. Tras el estremecedor título, "Armas
del Principado de Catalunya, quatro barras bermejas, defendido
y probado por don Pablo Belmasec, año 1693",
uno espera encontrar la prueba definitiva de que Cap de
Estopa (siglo XI) bailaba sardanas empuñando la
cuatribarrada; pero el manuscrito contiene una singular defensa
mística del símbolo, con paradigmas sobre el Génesis,
Artajerjes o Casiodoro.
De igual modo, aunque modernizado; todo indica que "Els quatre
pals" del conseller cumple función placebo para el
pueblo catalán: no contiene colesterol, es biodegradable,
nutre la egolatría y hace que los participantes de la Diada
no se sonrojen al enarbolar las cuatro barras, sabiendo
que son aragonesas. |