CULTURA

El idioma valenciano de la resistencia

Ricardo García Moya
(Articul publicat en Diario de Valencia el 9 de maig de 2004, tret de
 
En el siglo XVIII, tras escudriñar cartesianamente el trasero de las sirvientas, degustar chocolate y escuchar a Scarlatti, el poder emitía decretos de imposición del castellano en la Administración y enseñanza. Los valencianos no podían usar su idioma oficialmente, generándose una espontánea resistencia similar a la que vivimos en el 2004 ante la imposición del catalán. Esta insumisión no la protagonizaron los filólogos, sino el pueblo que conocía su idioma y no estaba dispuesto a que la lengua de Castilla eliminara la propia. Curiosamente, la transmisión oral del valenciano y el analfabetismo del castellano que sufría la población en edad escolar fueron el factor que ayudó al mantenimiento de la lengua, igual que sucedió con el vasco. Ahora, en 2004, la televisión catalana de Camps o los impresos en la lengua del IEC penetran hasta el putonclub más recóndito del Reino, sien-do imposible la defensa contra el fascismo expansionista catalán.

En la Resistencia hubo pseudoeruditos como Ros o Sanelo. El notario, especialmente en la etapa juvenil, se erigió apóstol de un supuesto valenciano culto en su primer diccionario (a. 1739), donde incluía voces estrambóticas y arcaísmos del siglo XIII; método que juiciosamente aban-donó en la edición de 1764, Ejemplo de voz valenciana que Ros consideraba culta en 1739 sería ‘atayfor’ o ‘mesa redonda de moros’, que sólo existía en algún glosario cas-tellano de voces arábigas; por el contrarío, hay que agra-decerle el testimonio sobre pronunciación y grafía del va-lenciano vivo, y en ello colaboraron Mayans y Ros: “Se dice Eixátiva” (Mayans: Voc-1787); “el valenciano escribe ahora Eixativa” (Ros: Carti-llas valencianas, 1750). La-mentablemente, el médico Sa-nelo, llevando al límite la pedantería arcaizante, recogía voces catalanas del Libre de Menescalia (Barcelona, 1523), y pretendía hacer pasar como valenciano exquisito rarezas medievales como el participio “llest”, en lugar de “llegit” (carta a Soriano, 21-III-1800) Pero el núcleo de la resistencía no era Ros o Sanelo, sino el comerciante, artesano o labra-dor que componía o memorizaba ‘coloquis’; o asistía al corral de comedias donde, en obras aparentemente castella-nas, surgía el idioma del Reino.

La semana pasada estuve en la Biblioteca Nacional para hojear, sin convicción y con bostezos, la comedia mística ‘El iris setavino’ de Gabriel Gamez; autor que podríamos incluir en la resistencia. En manuscrito legible, el dramaturgo nos anestesia en los primeros 35 folios de esta cataplasma ambientada en Eixátiva; pero en el siguiente –cuando se supone que el dormido censor no proseguiría la inspección del texto-, los labrado-res de Eixátiva “salen de valencianos con garrotes” (f. 36,v.) Uno, el más orgulloso, advierte: “Cavallers, miren vostés que estic yo”, mientras el gracioso castellano “Calabaza” trata de burlarse. El dramaturgo era prudente, por lo que sigue llamando San Phelipe a Eixátiva, pero la lengua brota con vigor en el uso del neutro: “Lo que diu, ya está dit”; y demostrativos: “Allá va eixa”. En fin, con la excusa de loar a la Mare de la Seo d´Eixátiva, el autor da ejemplos léxicos y morfológicos: “vostés ascolten” (f.52), “apresa que se fará tart”, “amics, a treballar, cada hu prenga son puesto”. En mayo de 2004, los comisarios de Camps y Rita siguen asesinando esta lengua: “yo, ascolten, puesto, tart, apresa, eixa, lo que diu, hu... “, que, curiosamente, coincide con la pro-hibida por chupacirios borbónicos de 1753.

En la resistencia aparecen morfologías que, probablemente, se originaron para distanciarse de homógrafas castellanas-. Así, del árabe `fulán’ surgió la voz ‘fulano’, compartida por el valenciano y castellano: “A mossén frare fulano, del convent de Sent Martí” (BUV Morlá, Ms. 666- c,1649); “Si fulano la volia, si sutano li ha parlat” (Coloqui de lo que pasa en les novies, c.1840); pero Ros ofrece una morfología singular: “En valenciano,.. se dice: “Fulá está alicaygut, y a Fulá li han caygut les ales” (Dicc. 1764), El vocable ‘fulá’, arreplegat per Escrig (1887), l’ha prohibit la Gestapo del IEC y també –morro en tèrra y cul al vent-, el valencianisme zen y alicaigut.

Contrastando con el ‘fulá’ repudiado por el fascismo catalanero, otras voces valencianas de raíz arábiga las robaron con avidez. Es el caso de `alcabor´, coqueto aposentillo que se construía en el Reino de Valencia sobre la bóveda o campana del horno. El recoleto y cálido recinto poseía condiciones afrodisíacas que afectaban a los conocedores del mismo, incluso a las clientas de la panadería. Los versos de Roig recogen el caso de la `fornera’ alcahueta que mediaba para que “son fill dormir / ab ses loçanes parro-quianes, / en l´alcavor” (Espill, 1460). ¿Quién podía reprimirse en el interior del penumbroso y limpio ‘alcabor´, con temperatura razonablemente demoníaca en invierno? Impregnado de aromas celestiales (en él fermentaba la pasta, se elaboraba el ‘bescuit de canteIl´, se tostaba almendra, el cacao del chocola-te...), el alcabor era la viagra d’atobons y algeps. La historia del ‘alcabor’ equivaldría a la de la sexualidad morbosa valenciana. Si en 1460 eran parroquianas del horno sus usuarias, en mayo de 1573 se abría en la sala de la Inquisición de Valencia el proceso contra el joven Bartolomé Juárez, adicto al sexo en alcabor. El acusado había trabajado en el Horno de San Lorenzo y en el de Bernat de San Nicolás, practicando contra natura “encima de un saco dentro del pastador” y, con un tal Ramonet, “en el alcabor del homo” (AHN. Inq, L. 913).

Del árabe ‘qabú´ (cúpula, bóveda) brotaron sustantivos valencianos como alcabó, alcavó, alcavor (con bilabial o labiodental, según el dialecto del idioma valenciano de la zona), con acepción hidráulica de conducto subterráneo de aguas, mina, manantial en una cueva, etc.; y, en zona alcoyana, el verbo “alcavorar: fer alcavons baix terra”. Sin duda, el pariente más literario de esta familia léxica fue ‘alcabor´, cuya primera documentación figura en los versos de Roig, aunque siglos después se extendiera por Murcia, Aragón y la ruta valenciana a Lérida. En 1846, en la comedia “Un pillo y els chics educats” figura la alabanza del ‘alcabor’ como lugar de reposo de un golfillo: “El puesto huapo, el millor / pera dormir en l´hibern, / es de un forn el alca-bor / ¡Qué caloreta tan dolsa... / que conforta y no crema” (p. 25). El anónimo autor usa el adjetivo neológico ‘huapo’ que, curiosamente, enlazaba con los primitivos y enigmáticos ‘wapo’ y ‘huap’ europeos, hijos tortuosos del latino ‘vappa´ (vino mediocre, bribón). Y, por cierto, la grafía ‘hibern’ no era vulgarismo de la resistencia, al respetar la etimología del latín ‘hibernum’. En fi, acabe y els deixe resistint en pau. Vullc vore si trobe per els alrededors un alcabor pera saborejar in situ certes qualitats que...