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el siglo XVIII, tras escudriñar cartesianamente el trasero
de las sirvientas, degustar chocolate y escuchar a Scarlatti,
el poder emitía decretos de imposición del castellano
en la Administración y enseñanza. Los valencianos
no podían usar su idioma oficialmente, generándose
una espontánea resistencia similar a la que vivimos en
el 2004 ante la imposición del catalán. Esta insumisión
no la protagonizaron los filólogos, sino el pueblo que
conocía su idioma y no estaba dispuesto a que la lengua
de Castilla eliminara la propia. Curiosamente, la transmisión
oral del valenciano y el analfabetismo del castellano que sufría
la población en edad escolar fueron el factor que ayudó
al mantenimiento de la lengua, igual que sucedió con el
vasco. Ahora, en 2004, la televisión catalana de Camps
o los impresos en la lengua del IEC penetran hasta el putonclub
más recóndito del Reino, sien-do imposible la defensa
contra el fascismo expansionista catalán.
En la Resistencia hubo pseudoeruditos como Ros o Sanelo. El notario,
especialmente en la etapa juvenil, se erigió apóstol
de un supuesto valenciano culto en su primer diccionario (a. 1739),
donde incluía voces estrambóticas y arcaísmos
del siglo XIII; método que juiciosamente aban-donó
en la edición de 1764, Ejemplo de voz valenciana que Ros
consideraba culta en 1739 sería ‘atayfor’ o
‘mesa redonda de moros’, que sólo existía
en algún glosario cas-tellano de voces arábigas;
por el contrarío, hay que agra-decerle el testimonio sobre
pronunciación y grafía del va-lenciano vivo, y en
ello colaboraron Mayans y Ros: “Se dice Eixátiva”
(Mayans: Voc-1787); “el valenciano escribe ahora Eixativa”
(Ros: Carti-llas valencianas, 1750). La-mentablemente, el médico
Sa-nelo, llevando al límite la pedantería arcaizante,
recogía voces catalanas del Libre de Menescalia (Barcelona,
1523), y pretendía hacer pasar como valenciano exquisito
rarezas medievales como el participio “llest”, en
lugar de “llegit” (carta a Soriano, 21-III-1800) Pero
el núcleo de la resistencía no era Ros o Sanelo,
sino el comerciante, artesano o labra-dor que componía
o memorizaba ‘coloquis’; o asistía al corral
de comedias donde, en obras aparentemente castella-nas, surgía
el idioma del Reino.
La semana pasada estuve en la Biblioteca Nacional para hojear,
sin convicción y con bostezos, la comedia mística
‘El iris setavino’ de Gabriel Gamez; autor que podríamos
incluir en la resistencia. En manuscrito legible, el dramaturgo
nos anestesia en los primeros 35 folios de esta cataplasma ambientada
en Eixátiva; pero en el siguiente –cuando se supone
que el dormido censor no proseguiría la inspección
del texto-, los labrado-res de Eixátiva “salen de
valencianos con garrotes” (f. 36,v.) Uno, el más
orgulloso, advierte: “Cavallers, miren vostés que
estic yo”, mientras el gracioso castellano “Calabaza”
trata de burlarse. El dramaturgo era prudente, por lo que sigue
llamando San Phelipe a Eixátiva, pero la lengua brota con
vigor en el uso del neutro: “Lo que diu, ya está
dit”; y demostrativos: “Allá va eixa”.
En fin, con la excusa de loar a la Mare de la Seo d´Eixátiva,
el autor da ejemplos léxicos y morfológicos: “vostés
ascolten” (f.52), “apresa que se fará tart”,
“amics, a treballar, cada hu prenga son puesto”. En
mayo de 2004, los comisarios de Camps y Rita siguen asesinando
esta lengua: “yo, ascolten, puesto, tart, apresa, eixa,
lo que diu, hu... “, que, curiosamente, coincide con la
pro-hibida por chupacirios borbónicos de 1753.
En la resistencia aparecen morfologías que, probablemente,
se originaron para distanciarse de homógrafas castellanas-.
Así, del árabe `fulán’ surgió
la voz ‘fulano’, compartida por el valenciano y castellano:
“A mossén frare fulano, del convent de Sent Martí”
(BUV Morlá, Ms. 666- c,1649); “Si fulano la volia,
si sutano li ha parlat” (Coloqui de lo que pasa en les novies,
c.1840); pero Ros ofrece una morfología singular: “En
valenciano,.. se dice: “Fulá está alicaygut,
y a Fulá li han caygut les ales” (Dicc. 1764), El
vocable ‘fulá’, arreplegat per Escrig (1887),
l’ha prohibit la Gestapo del IEC y també –morro
en tèrra y cul al vent-, el valencianisme zen y alicaigut.
Contrastando con el ‘fulá’ repudiado por el
fascismo catalanero, otras voces valencianas de raíz arábiga
las robaron con avidez. Es el caso de `alcabor´, coqueto
aposentillo que se construía en el Reino de Valencia sobre
la bóveda o campana del horno. El recoleto y cálido
recinto poseía condiciones afrodisíacas que afectaban
a los conocedores del mismo, incluso a las clientas de la panadería.
Los versos de Roig recogen el caso de la `fornera’ alcahueta
que mediaba para que “son fill dormir / ab ses loçanes
parro-quianes, / en l´alcavor” (Espill, 1460). ¿Quién
podía reprimirse en el interior del penumbroso y limpio
‘alcabor´, con temperatura razonablemente demoníaca
en invierno? Impregnado de aromas celestiales (en él fermentaba
la pasta, se elaboraba el ‘bescuit de canteIl´, se
tostaba almendra, el cacao del chocola-te...), el alcabor era
la viagra d’atobons y algeps. La historia del ‘alcabor’
equivaldría a la de la sexualidad morbosa valenciana. Si
en 1460 eran parroquianas del horno sus usuarias, en mayo de 1573
se abría en la sala de la Inquisición de Valencia
el proceso contra el joven Bartolomé Juárez, adicto
al sexo en alcabor. El acusado había trabajado en el Horno
de San Lorenzo y en el de Bernat de San Nicolás, practicando
contra natura “encima de un saco dentro del pastador”
y, con un tal Ramonet, “en el alcabor del homo” (AHN.
Inq, L. 913).
Del árabe ‘qabú´ (cúpula, bóveda)
brotaron sustantivos valencianos como alcabó, alcavó,
alcavor (con bilabial o labiodental, según el dialecto
del idioma valenciano de la zona), con acepción hidráulica
de conducto subterráneo de aguas, mina, manantial en una
cueva, etc.; y, en zona alcoyana, el verbo “alcavorar: fer
alcavons baix terra”. Sin duda, el pariente más literario
de esta familia léxica fue ‘alcabor´, cuya
primera documentación figura en los versos de Roig, aunque
siglos después se extendiera por Murcia, Aragón
y la ruta valenciana a Lérida. En 1846, en la comedia “Un
pillo y els chics educats” figura la alabanza del ‘alcabor’
como lugar de reposo de un golfillo: “El puesto huapo, el
millor / pera dormir en l´hibern, / es de un forn el alca-bor
/ ¡Qué caloreta tan dolsa... / que conforta y no
crema” (p. 25). El anónimo autor usa el adjetivo
neológico ‘huapo’ que, curiosamente, enlazaba
con los primitivos y enigmáticos ‘wapo’ y ‘huap’
europeos, hijos tortuosos del latino ‘vappa´ (vino
mediocre, bribón). Y, por cierto, la grafía ‘hibern’
no era vulgarismo de la resistencia, al respetar la etimología
del latín ‘hibernum’. En fi, acabe y els deixe
resistint en pau. Vullc vore si trobe per els alrededors un alcabor
pera saborejar in situ certes qualitats que... |