En un diario colaboracionista aparece con aspecto de simpática
bolichera dominguera con relojito, collar, pulserita y manga
corta para ventilar adiposidades, dando la impresión
de que en cualquier momento gritará “¡Sinyoretes,
tinc el IIobarro mes fresc del mercat! ¿Voleu clóchines,
palayes, tellines, sepionets, abaechats, carrancs? No, Marisol
González de la AVL no ofrece pescado; sino que piensa
dar caña a los valencianos “ignorantes, sin autoridad
moral ni científica”, que se opongan a las normas
catalanas; aunque recomienda “prudencia en este momento
delicado”. Cuando pasen las elecciones, su AVL sacará
los textos de destrucción masiva y leyes, muchas leyes
para amedrentar al insurgente blavero. Nacida en Nulas, Marisol
González ha sido escogida para la secretaría
de la AVL por su enfermiza defensa del idioma catalán.
Canonizada por el diario Avui y editada por Eliseu Climent y
el Moll, esta poetisa en lengua catalana declara: “Tengo
una lengua, que es mía y de todos, y que quiero desde
que nací”. De acuerdo, Marisol, eres normal y
nadie duda de que tienes buena lengua para hablar y buen trasero
para sentarte y otros usos. Lo que no tienes, pese a tu condición
de académica, es claridad expresiva; pues la lengua
que tanto amas no la adjetivas: ¿es la de tu boquita,
la valenciana o la catalana?
En 1816, la imprenta vecina del Forn de Salicofres publicaba
“El almacén de criadas”; sainete sobre las
mujeres que, huyendo de la miseria, trataban de sobrevivir
sirviendo a la burguesía. Para la insensibilidad social
de aquella época entre la Revolución, francesa
y el retorno del despreciable Fernando VII, las sirvientas
eran un producto con derecho a devolución. En los diálogos,
Don Lorenzo comenta que va “a buscar criada por todos
los hospicianos, que estamos sin ella” (p.2). Y Roque
le aconseja: “Si pretendes acertarlo, al almacén
de criadas puedes ir; en el Barquillo hay de quantos (sic) géneros
de criadas busquen”. En 1816 había tal abundancia
de criadas en paro como filólogos dispuestos a ser académicos
catalaneros en 2003, pero ellas cobraban menos: “¿Y
qué se paga por sacarlas? Lo ordinario son dos reales,
y la vuelve si no está contento”. La oferta era
amplia: “Allí hay payas, hay gallegas, majas de
golpe y porrazo, viudas, extranjeras, beatas y, en fin, hay
en este estanco con el nombre de criadas el más perverso
ganado” (p.3). La acción del sainete quizá
suceda en Madrid, antaño tierra de promisión
de sirvientas gallegas, andaluzas y vascas; pero no valencianas.
El dramaturgo refleja burlescamente el habla gallega: “¡Gallegas,
traed el desayuno! Meu señor, ya lu llevamus” (p.3).
La orgullosa valenciana, tan acertadamente descrita por Gómez
de la Serna, no servía a castellanos ni catalanes; pero
los tiempos cambian y hay quien sirve al Institut d’Estudis
Catalans y su mascota. El trabajo no es para enorgullecerse,
al consistir en ir introduciendo en el idioma valenciano el
léxico y morfosintaxis impuesto por el expansionismo
catalán desde 1860. Por ejemplo, las muy excelsas y premiadas
poesías de Marisol están salpicadas de cagallones
léxicos como “malucs”, sustantivo inexistente
en idioma valenciano; aunque los falsos diccionarios valencianos
de Inmersiomán lo incorporen para corromper a los menores.
La taranconiana Marisol sabe y entiende perfectamente (¡menuda
expresión de lince tiene la señora!), que “malucs”
no es de esa lengua valenciana que escuchó en Nules
cuando era un tapón, ni tampoco de ningún escritor
valenciano anterior a la compraventa de lletramorts valencians
en la Barcelona del 1900; pero gusta al IEC y su mascota AVL,
al Avui, al Moll y a Eliseu Climent.
La jovial Marisol está feliz; los premios, halagos y
pelas le llueven; la AVL se inclina ante su catalanismo y, además,
recibirá millones de nuestros impuestos para poder catalanizar
como le salga del moño. Esta individua es una apisonadora
que tritura las características diferenciales del idioma
valenciano. En sus anacrónicas poesías de melancolía
amorosa tipo La venganza de Don Mendo, pero en serio, elige
la morfología del castellano arcaico y catalán
actual: “bellesa, saviesa, tendresa, tristesa”,
despreciando la valenciana de “bellea, saviea, tendrea,
tristea”; y hace el ridículo al usar sustantivos
como “porus”. Dime, Marisol del Parnaso y del Parné:
¿ignoras que la primera vez que aparece esa voz fue
en texto del valenciano Arnau de Vilanova, hacia el 1305, y
no fue el latín “porus”, sino el plural valenciano
“poros”?. Luego pasaría al castellano y catalán,
documentándose “poro” y “porositat”
en el XV y XVI; p.e.: “tenen molts poros” (Pou:
Thesaurus, 1575). Jamás se perdió la voz y su
morfología clásica: “poro, poros, porositat”
(Escrig, 1887); “poro, porós, porositat”
(Dicc. RACV, 1997). También es cierto, musa rubeniana
de la tercera edad, que si usaras el idioma valenciano no te
alabaría el Avui, ni te editaría el tío
Climent y, por supuesto, no te llamarían de la academia
catalana de San Zaplana y Ascensión.
Como debes saber, ese catalán “gespa” que
salpica tus ripios se documenta posteriormente al valenciano
“cespet” (Escrig: Dicc.1871); pero tú eres
fiel a Cataluña y prefieres el sustantivo catalán;
igual que haces con “copsar”, palabra que provocaría
risitas en Nulas o Muchamel por su exotismo y coentor; pero
tú la quieres, ya que fue introducida por el catalán
Verdaguer hacia 1870. Renegando de Joanot Martorell, Jaume Roig,
Timoneda, Lluis Galiana o Escalante, abandonas el cultismo
valenciano “colp” y acoges la corrupción
moderna catalana “cop”, pues así os lo manda
Cataluña. Las normalizadoras como tú, gentil
Marisol, sois terribles inquisidoras contra cualquier neologismo
valenciano surgido en la prosa o verso de los saineteros del
XIX, pero tenéis orgasmo filológico múltiple
ante cualquier piltrafa léxica catalana de la misma
época. Si alguien normal de Nules (no normalitzat por
Inmersiomán) lee tus poesías, aparte del mal gusto,
se volverá loco con voces como “dèria”,
vocablo que jamás perteneció al valenciano, pues
aparece en un sainete barcelonés del malasombra Pitarra
en 1864.
Del latín “crepusculum”, las lenguas cultas
peninsulares crearon voces como el crepúsculo castellano
y el “crepuscul” valenciano; pero, hacia 1910,
los expansionistas catalanes con más traumas sexuales
que el bastón de Antonio Gala decidieron eliminar la
terminación “cul”, inventando el monstruito
“crepuscle” que les parecería más
decente. Nuestra poetisa Marisol también huye del pecador
“cul” morfológico, escogiendo el catalán
“crepuscle” en sus versos de cartón piedra
y purpurina. Con el refuerzo de Marisol en la AVL, cuatro años
de calvario catelanero nos esperan. Después del 25 M,
los que Marisol llama “profesionales de la lengua”
catalana, nos darán ración doble de porus, malucs,
copsar, etc. El Reino se ha convertido en un miserable almacén
de criadas, donde el señorito IEC escoge la que mejor
le sirve.