La amarillenta y aromática siempreviva, ornamental y
curativa de ciertas molestias de la retaguardia, es posible
encontrarla en lugares soleados, sean poéticos tomillares
o los ‘parques temáticos’ del terror, suciedad
y ruinas que Doña Rita para acojone del turismo mantiene
en el barrio del Pilar (así llamado hasta que alguien
lo cambió por Velluters en los años 70). La encrespada
hierba surge junto al miramar de un agonizante tejado barroco,
o comparte espacio con jeringuillas ensangrentadas y esculturas
de excrementos que semejan diseños de Alfaro.
Metáfora burlona de tanatorios y floristerías,
la siempreviva es testigo del nacimiento y evolución
del idioma valenciano. Podíamos haberle dado cualquier
nombre, pero nuestros antepasados que precedieron a la entrada
de los cruzados jaiminos escogieron “crespinell”,
aludiendo al aspecto y textura del tallo y hojas. No trataban
de ser originales, y tampoco tenían ocasión
de comprobarlo, ya que los valencianos de Muchamel, Alboraya
o Redil vivían sin apenas desplazarse de su lugar de
nacimiento. Del étimo latino “crispus” (ondulado,
rizado), los pueblos hispánicos crearon sustantivos,
adjetivos y verbos: el valenciano “crespinell”,
el crespo castellano, encrespar, crispar, etc. El aspecto del
matorral, las hojas cubiertas de pelusilla y margen ensortijado
hizo que se generalizara el sustantivo que, hacia el siglo
X o XI podría ser crespí, crespíns o crespinell.
Lo cierto es que Jaime el Conquistador llega a lugares donde
el topónimo “crespins, crespí” está
arraigado en 1238, siendo su creación autóctona.
Esta realidad es reconocida hasta por nuestro enemigo cultural
Corominas, que dice: “Crespins como valenciano... es un
sustantivo de lugar venerable, no tanto por la distinguida
familia que lo tomó como nombre, sino por su cualidad
de viejo topónimo autóctono” (Cor: Onomasticon,1995).
Efectivamente, en el texto latino de las donaciones de tierras
o repartiment salta la voz valenciana, “est supra Crespins”(336),
en varios pasajes. El etimólogo catalán advierte
que “siendo románico mozárabe, es evidente
que ha de venir de un derivado latino” (ib.) También
aclara que “del mateix crespí, deriva el nom crespinell”
(DECLLC). Los clásicos valencianos usaron crespí
como adjetivo equivalente a erizado, encrespado, etc., “perca
crespina” (Roig: Espill, 1460), siendo coherente llamar
“alquería dels crespins” a la situada en
zona donde abundara la siempreviva. El linaje de los Crespí
,“nom mossàrab” (Onom.), lo tomaron de la
Alcudia de Crespina, terreno irregular donde el crespinell sería
abundante.
El “crespinell" figura en obras valencianas como
el manuscrito "de las Medicinas” (s.XIV), en las
observaciones botánicas de Cavanilles (a.1797) y en
el diccionario de Ros (a.1764). Es decir, desde antes de la
Conquista poseemos esta familia léxica que convivió
con sus parientes de otros romances, incluso compartiendo vocablos
como “crespina”, cofia o redecilla que usaban las
mujeres (DRAE), tanto las castellanas como las valencianas criticadas
por Roig ,“orellera, crespina, trena “(Espill,a.1460)
En la Universidad de Valencia anterior a la ocupación
fascista catalanera no se dudaba en usar el adjetivo “valenciano”
como complemento del sustantivo “idioma”. Así,
en versos compuestos en 1663 por los catedráticos Jerónimo
Julián y Josef Montaña, constatamos esta realidad:
“Llamase la flor siempreviva en nuestro idioma valenciano
crespinelí” (Valda: Fiestas, 1663, p.ll7) La variable
“sempreviva” parece ser un castellanismo incorporado
en el XIX, por lo que debemos seguir usando la mozárabe
crespinelí, voz que penetró por la vía
valenciana hacia Lérida y generó variables más
o menos dialectales en otros territorios vecinos: crespinello
en Mallorca; en Murcia, crespinillo; crispinelí en Cataluña,
etc.
Los nombres botánicos valencianos gracias a la esforzada
labor de la Generalidad y políticos de peso como MĒ Angels
RamónLlin y Díaz Alperi, están siendo
sustituidos por los catalanes. Manuales como “Les formacions
vegetals de la ciutat d’Alacant”, (Ed. Ayunt. Alicante
y Generalidad) imponen las voces ordenadas por el Institut
d’Estudis Catalans, pasándose por donde se aplica
el ungüento de crespinell si son etimológicamente
correctas o son patrimonio léxico del idioma . El manual
citado impone el barbarismo catalán “gespa”,
cuando todos los valencianos decimos “céspet”,
sustantivo culto derivado del latín “caespos”.
En 1871 recogía Escrig: "Céspet: pedazo de
tierra vestido de hierba menuda y entretejido de raíces”
(Dicc. val. 1871). El mismo desprecio aplican a las clásicas
valencianas junc, juncars ( del latín juncus) que la
inmersión degenera en las catalanas “jonc, joncosa”.
La etimología no les afecta a los del IEC, pero la usan
como arma cuando la voz valenciana difiere de la catalana.
Del latín “cardus” surgió la variable
valenciana “cart” (Espill.a.1460), diferenciándose
de la castellana cardo y catalana card, y así fue mantenida
por el botánico Cavanilles, “cart, cardets”
(Obs. 1797), siguiendo la tradición morfológica
reflejada en la frase “cardats en carts de herba”
(Mostasseria de Valencia, 1322), y en los versos de Ausias
March, ”llir entre carts”. En este caso, las plañideras
del Institut d’Estudis Catalans alojados en la academia
Ascensión sí exigen el rigor etimológico
para que adoptemos la morfología catalana de “card”.
La inmersión en valenciano, paradójicamente, consiste
en eliminarlo. Si Cavanilles registra “safanoria en nucs”,
los inmersores enseñan “pastanaga amb nusos o
nusosa”. El clásico “llicsó”
(cerraja en castellano), documentado desde los orígenes
del idioma, lo prohiben y sustituyen por el catalán
“lletsó”. Igual que sucedía con el
mozárabe “crespí, crespinell”, el
nombre botánico “quallallet menut” (espunyidella,
en catalán) enlaza con el mozarabismo idiomático
valenciano, ya que el verbo de la voz compuesta también
es producto prejaimino, según el etimólogo Corominas:
"no tengo pruebas de que el valenciano quallar se haya
empleado fuera del antiguo territorio mozárabe”
(DCECH). Aunque luego se extendió el vocablo al condado
levantino, todavía pueden sus habitantes traducir el
valenciano “quallarse” al catalán “aglevarse”.
No estaría mal que los ‘parques temáticos’
que Doña Rita mantiene en los solares de la Valencia
regnícola biotopo de roedores, arácnidos y hermosas
cucarachas pusiera rótulos con el nombre de los bichejos
y hierbajos para información del turista. Lo haría,
claro, en el catalán que ella y su partido impone; pero,
¿por qué no ponerlos también, aunque sea
en letra pequeña, en el idioma valenciano del contribuyente?
Doña Rita, obsceno reglot inmersor, olvida que es alcaldesa
de Valencia; no de Barcelona.