La Generalitat Valenciana, incansable, acosa a los escolares
con anuncios en catalán sobre los efectos nocivos del
“tabac”, y les aseguro que es falso: ningún
“tabac” produce enfermedades broncopulmonares; aunque
sospecho que los comisarios olvidan que en idioma valenciano
“tabac” es un cesto, generalmente de mimbre, sin
relación con los productos cancerígenos de la
“Nicotiana Tabacum”. Procedente del árabe
“tabac”, equivalente a “panereta”, dice
Corominas que es vocablo “valenciano desde Lamarca, año
1842” (DECLLC); pero no es cierto. Las voces de origen
árabe no venían del condado levantino al Reino
de Valencia, sino al contrario; el sustantivo lo tenemos documentado
antes de la fecha dada por el despistadillo etimólogo
catalán: “en les mans tenía un tabac”
(Corella: Obres, 355, h. 1460); “tabacs o paneres”
(Pou: Thesaurus, 1575); “en un tabaquet de faena trobaria
tres sous” (Ayerdi: Noticies de Valencia, 1661); “un
tabaquet “ (ACV. Ms. Melchor Fuster, h, 1680); “con
la pera en lo tabac” (Escalante: A la vora de un sequiol,
1870); “un tabaquet ple de draps” (Balader: El pare
alcalde, 1871); “tabac: cestillo de mimbre” (Escrig:
Dicc. 1887). Los valencianos no eran tan brutos como para fumarse
el “tabac”, cesta donde el pescador guardaba anzuelos
y cebo; o las señoras ponían pan, frutas, flores,
aguja e hilos de bordar, etc.
Está claro que el “tabac” no se fumaba, pero
la voz “tabaco” tropieza con la consigna catalanera
de que una palabra valenciana no puede ser igual a otra española.
Los catalanes sí pueden tener en su idioma la voz “patata”,
como en español; pero no admiten que en valenciano conservemos
la voz “tabaco”, pese a ser la usada por nuestros
antepasados: “no puga vendre lo tabaco, tant de fum com
de pols” (Llibre. Estab. Peniscola (sic), any 1698); “pera
1 lliura de tabaco” (Llibre de contes de St. Cristofol
de Benasal, h. 1760); “no val una pipada de tabaco”
(Ga-liana: Rond. 1768); “com el tabaco que nos venen en
l’estanc” (Coloqui de una valen-cianeta Imp. Mariana.
1854); “de vore en lo meu estanc tan bon tabaco”
(Baldoví: Un fandanguet en Paiporta, h. 1855); “tabaco
de fum, tabaco de fulla, filipí, negre…”
(Escrig: Dicc. 1887). A partir de estas fechas, los sumisos
floralistas catalanizaron el vocablo, aunque el pueblo seguiría
con la forma genuina. También el derivado “tabaquer”
diverge del catalán “tabacaire”, siguiendo
la ley morfológica que opone a los valencianos pollastrer,
peixcater y creiller, los catalanes pollastraire, pescaire i
patataire; aunque los del IEC, astutos, están valencianizando
su morfología como táctica para la total deglución
de nuestro idioma (y el bicarbonato lo da San Zaplana).
El consumo de “tabaco de pols… para sorberlo por
las narices“ (Escrig, 1887), se generalizó en el
Reino de Valencia, estableciéndose tasas como las que
impuso Peniscola (sic) en 1698 para al “tabaco, tant de
fum com de pols” (Llibre Est. 1 abril 1698). El producto
“de pols” tuvo efectos colaterales en la semántica,
pues la expresión un “echar un polvo” aludía
en un principio a echar “tabaco pols” o rapé
sobre la mano para aspirarlo; pero la costumbre de “echar
el polvo” en salones retirados, donde los caballeros dialogaban
íntimamente sobre lo divino y humano, fue aprovechado
para otras actividades. En el XIX, como vemos en versos de Ventura
de la Vega, “echar un polvo” adquiría la
chocante polisemia.
El placer de fumar asociado a un acontecimiento festivo estaba
arraigado. En el “Coloqui de Rafelo de Picasent y Toni
de Alcáser” (any 1813), los protagonistas muestran
su gozo por la huida de las tropas napoleónicas: “Pues
ara fes sis sigarros / y fumarem a dos mans, / ya que tenim
el tabaco / que casi es pot dir donat”. Toni de Alcáser
está exultante por la baratura y abundancia de estos
géneros, dando a entender que se debía “als
inglesos”, aliados del Reino de Valencia, que habrían
ayudado a paliar la penuria posbélica: “Lo més
barato en lo dia / es el tabaco y lo pa”. Dato interesante
es que el sustantivo valenciano “pataqueta” se documenta
aquí, creo, por vez primera: “sis pataquetes”.
El texto es rico en léxico del valenciano moderno: nosatros
sigam bons, entra en Valencia y vorás, cumplixca, se
acachá tot lo mon, chagans y nanos, no els ampara…”.
En el coloqui se mantiene aquel topónimo que los mozárabes
valencianos usaban antes del 1238 (Murvedre. Morvedre, Molvedre);
hablándonos Toni del “Castell de Molvedre”.
Los inmersores prefieren Sagunto.
El negocio del fumar generó la aparición de la
excitante cigarrera que, para los caballeros del 1800, equivalía
a una empleada de El Corte Inglés para Carraszaplanacosa.
Es curioso la atracción que ejercían las obreras
de las fábricas de tabaco para los músicos, dramaturgos
y señores de la tercera edad. La literatura valenciana
se ocupó del tema desde la ópti-ca de la ironía,
opuesta al dramatismo sangriento y taurino de Merimée.
En la fábrica de Valencia comenzaba el espectáculo
a la salida en tropel de un pequeño ejército de
vociferantes cigarreras armando gresca, sudorosas y con media
teta al aire, después de agotadoras jornadas. Una cigarrera
valenciana, la SaIá, resumía su Iabor: “Fent
puros pasem la vida / fulles y fulles rollant; / nosatros els
fem, y uns atres / s’els fumen en acabant” (Barber:
De Valencia al Grau, 1888).
Primer colectivo femenino del naciente proletariado, las cigarreras
estaban orgullosas de la relativa independencia que su estatus
social les proporcionaba. El sainete valenciano ha incidido
una y otra vez en el choque entre los calenturientos adultos
y el desparpajo de estas trabaja-doras que apenas alcanzaban
los 20 años.
En “De Valencia al Grau”, unos carcamales se alborotan
ante la salida de “les chiques de la Fábrica de
Tabacos” (p. 20), iniciando punzante diálogo con
“les sigarreres”. Una, entre risas, impreca a Colau:
“Agüelacho mata puses, tinga entés qu’esta
barca te patró”. Al piropo de “coca fina”,
otra cigarrera contesta: “Coca que no tastará,
ni vosté ni el companyero, perque no tenen quixals”.
Los ancianos, embelesados, exclaman: “El dimoni son estes
chiques… grahueres”. Con doble sentido, la Salá
canta: “Tinc un novio que se fuma / lo milloret de la
Fábrica, / y en quant li done a fumar, / de tant gust
li cau la baba, / el tabaco danya el pit / y yo dic que aixó…
“(p. 23).
Hace meses, el gobierno mandó a tomar por el saco la
centenaria Fábrica de Tabacos de Valencia, aquella de
donde salían las mensuales cigarreras.
Su actividad y puestos de trabajo los trasladaron a otra ciudad
más querida por los mesetarios.
Además, nuestra invicta Generalidad ha editado un Vocabulari
de donde prohíbe el sustantivo valenciano “tabaco”
e impone “tabac”, tal como ordena el IEC.