No les nacieron "incordios" (tumores dolorosos) en
las ingles, el escorbuto no diezmó la tripulación,
batieron tiempos de navegación, descubrieron islas y
estrechos, se enfrentaron a piratas franceses, contactaron amistosamente
con desconocidas etnias y no violaron a sus mujeres. Todo ello
no constituye el argumento de una película filmada para
los fastos del 92; se trata del asombroso, por lo perfecto,
viaje al mundo incógnito que efectuó el valenciano
Diego Ramírez por encargo real en 1619. Hasta tal fecha,
los geógrafos decían que "América
termina en el estrecho de Magallanes" (Suárez, C.:
"Plaza de todas las artes", Madrid, 1615, p. 165),
siendo un misterio las tierras más meridionales. En realidad,
aunque dos años antes un navío holandés
había divisado el sur austral, nadie tenía certidumbre
de su dimensión, si existían ensenadas, lugares
para ser colonizados y, especialmente, otro estrecho que no
fuera el de Magallanes.
La hazaña de Diego Ramírez, natural de "Xátiva
en el Reyno de Valencia", como él mismo anotó
en su diario de navegación, comenzó en el puerto
de Lisboa un 27 de septiembre, cuando dos barcos con "Artillería,
mosquetes, picas, chuzos (...) y marineros portugueses que iban
como por fuerza, persuadidos de ser la navegación remota
y dificultosa", iniciaron su aventura. En contra de los
pronósticos, todo resultó satisfactorio y "causó
admiración la brevedad con que pusieron en efecto el
mandato del Rey, pues en diez meses fueron, vieron y vinieron;
ninguno peligró, ni le dolió la cabeza" (González,
G.: "Teatro de Grandezas." Madrid, 1623, P.112).
Este verano, al examinar los manuscritos originales de Ramírez,
me llamó la atención el topónimo que impuso
a la Tierra del Fuego, ahora perteneciente a Chile y Argentina.
Con la caligrafía propia del cosmógrafo real -cargo
que ostentaba el marino valenciano- nombró al te rritorio
"Isla de Xátiva" y, al estrecho que descubrió,
de San Vicente Mártir, patrón de Valencia ciudad,
en cuya Universidad había estudiado. En sus apuntes,
Ramírez describe científicamente las características
de los nuevos territorios y las anécdotas sucedidas que,
en algún caso, dejaron huella en la cartografía.
Así, la ínsula en que fue sorprendido por leones
marinos, "que rechazó con un chuzo", hoy se
llama Isla de los Leones.
Incomprensiblemente, en la Enciclopedia Catalana aparece como
"castellano" este marino que propagó claramente
su valencianía. Por ejemplo, al descubrir el estrecho
de San Vicente, "pusieron banderas, dispararon la artillería,
dando el nombre de cabo Setabense a una de sus puntas, de muy
lindas ensenadas" (f.33). Es obvio que Ramírez añoraba
a "Xátiva del Reyno de Valencia" y su clima,
pues la proximidad a la Antártida ofrecía días
"muy fríos, cerradísi mos de niebla, que
casi los de un navío no veían al otro" (f.30).
Ramírez quiso perpetuar el nombre de Xátiva en
las nuevas tierras, pues el de Valencia ya figuraba en varios
lugares de las Indias, circunstancia conocida por el cosmógrafo.
Precisamente, pocos años antes, el lunático vasco
Lope de Aguirre (protagonista de "El Dorado", filme
de Saura), anduvo por nuestra capital homónima: "Salió
el tyrano de nueva Valencia con no venta cabalgaduras",
para encon trar la muerte y ser "colocada su cabeza en
la villa de Tucuyo" (He rrero, A.: "Historia de Felipe
II", Madrid 1606, p. 486).
Diego Ramírez, leal a su tierra, propagaba los topónimos
valencia nos en el fin del mundo. ¡Qué con traste
entre el cosmógrafo de Játiva y los catalaneros
actuales, empeñados en substituir todo lo que recuerde
a Valencia por el anodino "Mediterrània". Están
tan ciegos que emplean más dinero en promocionar un sólo
vocablo catalán que en el presupuesto para prevención
de incendios forestales en la Comunidad Valenciana. Ramírez
sentiría vergüenza de ellos.
El setabense adquirió la inmortalidad sin vender su valencianía.
El cronista de Felipe III, Gil Dávila, no ocultaba su
admiración hacia, "Diego Ramírez, natural
del Reyno de Valencia, que estudió vientos, tiempos,
alturas y grados; sondeó, observó y demarcó
sitios, haciendo inmortal su nombre en los extremos del mar
y la tierra". Ramírez no era Reche, y en consecuencia,
no puso el nombre de Mediterrània a ninguna costa austral,
aunque dejó cons tancia de su hazaña. En la tarde
del 10 de febrero; "después de observar algunas
ballenas, se descubrió una isla, al qual llamé
de mi nombre" (f.37). Hoy son las Islas de Diego Ramírez,
junto al cabo Setabense y el puerto del Buen Suceso, los escasos
testimonios de aquella aventura, pues, injustamente, los ingleses
modificaron los topónimos; así, el barco que transportó
a Darwing dio nombre al canal del Beagle, ya explorado por nuestro
marino.
Respecto al naturalista inglés, hay un hecho sorprendente:
com parando los apuntes de Darwing -tomados en 1832, cuando
visitó el sur de la isla de Xátiva- y el diario
de Diego Ramírez, se observa la coincidencia de observaciones
de uno y otro; especialmente las refe rentes al encuentro con
indígenas del "Puerto del Buen Suceso". Se
diría que Darwing copió el manuscrito de Ramírez
-posibilidad totalmente absurda-, y es que impresiona que un
valenciano nacido en el siglo XVI alcanzara el nivel de análisis
equivalente a uno de los grandes naturalistas de todos los tiempos.
Incluso hubo coincidencia en una situación cómica:
ambas tripulaciones se mosquearon por la extraordinaria capacidad
de imitación en gestos y voces de los setabenses del
fin del mundo.
Por cierto, no estaría de más que la Generalidad
¿valenciana?, se dignara recordar a este compatriota
ilustre, cuya vida bien podría llevar se al celuloide;
pero, claro, Ramírez no tiene tanto interés como
los protagonistas de aquella vergonzosa "Tramontana",
que ya descansa en el infierno de los subproductos estéticos.
Si hubiera afirmado que era catalán, sería otra
cosa.