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Una ley injusta, una causa justa
Jose Este Rico Sogorb
Para María, su pequeño estanco es su vida, la razón de su existencia. Toda una eternidad entre sellos de correos, pólizas, mecheros y tabacos. Ahora, ya entrada en años y viuda, con la jubilación más cercana a tan solo un lustro por cotizar, la desgracia se ha cebado en ella al perder la visión a causa de un súbito ataque de hiperglucemia. A pesar de la crisis y del descenso de fumadores, a María le resulta rentable el negocio. No entra en sus planes dejar la actividad ni traspasar el comercio ni por todo el oro del mundo, que ofertas y proposiciones le han sobrado. Considera que si le produce beneficio no hay razón para arrojar la toalla, además ama apasionadamente el estanco que su difunto marido y ella fundaron de recién casados, bien jóvenes.
María ha perdido alegría, ganas de luchar, vitalidad y optimismo. La sonrisa que le caracterizó siempre ha sido sustituida por la tristeza, la rabia y la impotencia. Su ceguera es profunda y casi total. El ojo izquierdo está prácticamente inservible. Ante estas circunstancias, le han concedido el certificado oficial de discapacidad con un elevado porcentaje. No obstante, ella manifiesta la voluntad de continuar trabajando. No desea aprovecharse de pensión social alguna. Pero, su situación es harto dificultosa en el trato personal, sobre todo en cuanto a movilidad, visión y lectura. Se percata de sus limitaciones para desenvolverse en el negocio y atender a los clientes. Ha llegado a la conclusión de que necesita urgente el complemento auxiliar de una persona, discapacitada o no, que no posea limitación alguna para realizar las funciones para las que ella está imposibilitada. "En fin, todo sea por salvar el negocio y poder cotizar los 5 años que me restan para jubilarme"- razona acertadamente.
Su única hija, Vanessa, treinteañera soltera y sin compromiso por cosas que tiene la vida, casualmente se ha quedado sin trabajo. Tras más de 15 años de aparadora en la misma empresa, una de las tantas que con la crisis general del calzado han cerrado sus puertas, ha pasado a engrosar la lista de desempleados. Ante la mala suerte y la coyuntura del momento, entre otros muchos factores y cansada de no encontrar nuevo trabajo, rendida a la evidencia acepta ayudar a su pobre y depresiva madre discapacitada. Pasa a ser los dos ojos que le faltan a María. Se convierte en lazarillo, guía, asistenta personal y dependienta en el estanco complementándose ambas a la perfección.
María decide tener a su hija con ella en el negocio dándole la tranquilidad, la seguridad y la estabilidad necesarias. "¿Para qué voy a emplear a alguien ajeno que me cause desconfianza si todo a mi querida hija?"- piensa razonablemente. Asi que, como le quedan 5 años para jubilarse, momento en que le traspasará el negocio a Vanessa transfiriéndole a ésta la titularidad del mismo como profesional autónoma, elige, para tenerla amparada evitando que una inspección la denuncie por ilegal clandestinidad, hacerle un contrato laboral de jornada completa e indefinido en muy óptimas condiciones.
Lamentablemente, María desconocía como profana en temas burocráticos, que la actual normativa laboral, la Ley General y la del Minusválido, prohiben la contratación de familiares con consanguineidad directa en de primer y segundo grado. Una injusta y vejatoria norma en cualquiera de ambas legislaciones laborales. Ni María puede contratar, como discapacitada que ve peligrar el negocio, el hogar, la vida y la familia, su única hija; ni mucho menos Vanessa puede estar contratada. "¡¡Esto es denigrante y discrminatorio. Una marginación para quienes se hallen en mi misma o similar situación!!". La ley, sobre todo la del Minusválido, ofrece pocas alternativas. Las opciones posibles, como registrar sociedades, le resultan complejas, caras e imposibles para su modesta economía y precaria situación individual.
A María volvió a caérsele el cielo encima. Decepción ante el asunto del contrato e impotencia y rabia hacia la Administración por su falta de sensibilidad social, imperan en el corazón y en su mente. Se hizo vagas ilusiones al respecto cuando Zapatero ganó las elecciones y prometió cambios legales en pro de los colectivos desfavorecidos, pero ahora se siente defraudada.
Para colmo, María tiene carnet del PSOE. En la dictadura franquista ella y su marido sufrieron persecución por sus ideas sociales. Las mismas ideas con las que intentó evitar la destrucción de su negocio, seguir cotizando a ese Estado que le niega ayuda y crear empleo ayudando a su buena hija.
María vive hoy ahogada en la pena, con una hija que quiere estar con ella y trabajando clandestinamente en el estanco.
Nunca una ley resultó tan injusta.