OPINIO

 

9 d'Octubre
 
Isabel Oliver

Hay días gloriosos para Valencia. Hoy ha sido uno de ellos. A las doce del medio día, precedida del real saludo de veintiuna salvas, ha descendido del balcón del Ayuntamiento, con majestuosa altivez, sin inclinarse, la Real Senyera.

Los valencianos tenemos dos símbolos inequívocos a los que rendir devoción y lealtad. Uno es la Cheperudeta: nos cobijamos bajo el manto de nuestra Patrona y a través de ella elevamos nuestras oraciones con la seguridad de que tan querida mensajera hará escuchar ante Dios, antes y mejor, nuestras peticiones.

El otro símbolo es la Senyera. La bandera que simboliza la entidad territorial, y por ende, jurídica y política del pueblo valenciano.

La devoción y lealtad a los símbolos puede practicarse o no. Puede sentirse o no. Pero lo que no se consiente por parte de los devotos y leales, es que éstos sean agredidos. Y yo he visto hoy esa defensa del pueblo valenciano hacia el símbolo de su unidad, de su identidad diferenciada. Lo he visto en los gritos de ¡¡Traidores!! hacia algunos de nuestros políticos; esos que no saben, o por conveniencia han olvidado que el Reino de Valencia tiene un riquísimo pasado histórico, y que al igual que nuestra Senyera no se inclina ante nadie, jamás ellos debieron inclinar la balanza de la custodia de la identidad de un pueblo, a favor de los intereses políticos abyectos que permiten sigilosamente que otra identidad que no es la nuestra, se adueñe poco a poco de nuestras aulas, se instale en nuestros edificios más emblemáticos, se apropie de nuestros escritores y nos insulte con exposiciones de arte y volúmenes literarios alusivos a su lengua y su cultura, suplantando a la nuestra.

Hoy me he sentido orgullosa de llevar una pancarta ante cuya lectura valencianista ningún valenciano de verdad, ha podido sustraerse a lo largo de todo el recorrido a ovacionar, y adherirse a seguirla hasta conformar una procesión tres veces más numerosa que todo el conjunto de autoridades y asociaciones.

Hoy los valencianos han salido a rendir su tributo de lealtad ante su símbolo de unidad diferenciadora, y han castigado con abucheos a aquellos que no consideran merecedores de representarles.

Y es que hoy, los valencianos hemos dejado en casa las preocupaciones materiales que nos hacen tomar partido en las urnas, por una u otra opción política, y hemos dejado que hablara emocionadamente, con devoción, la lealtad hacia quienes somos.