En Las postrimerías del pasado siglo XX el mundo asistió
con asombro a la Revolución Digital con el boom de la
informática, Internet y la telefonía móvil.
Bienes de segunda necesidad, de consumo optativo, ya que su
no utilización no es causa de la pérdida vital
de la persona.
Pero resulta curioso observar cómo en los inicios del
S.XXI una nueva revolución está llamando a las
puertas del progreso: el Biocombustible. Y es tremendamente
decepcionante contemplar una vez más, cómo los
grandes adelantos, aquellos que podrían mejorar la calidad
de vida de los más desfavorecidos, está destinado
a engordar la cartera de beneficios de las grandes multinacionales.
Las pruebas realizadas al producto obtenido de los cereales
demuestran sus excelencias como aliado en la lucha por la apremiante
recuperación del impacto medioambiental. Las últimas
pruebas obtenidas demuestran que el biocombustible evita la
contaminación atmosférica en un 48 y un 79 % en
emisiones de monóxido y dióxido de carbono respectivamente.
Este producto, llamado a medio plazo a destronar al petróleo,
debería ser declarado Producto de Interés Vital
para la protección del Medioambiente, y como tal, protegido
por los gobiernos, para que en manos de la política de
libre mercado no se convierta en un artículo de lujo
de resultado incierto en cuanto a la determinación global
de las economías domésticas.
Por el momento, el biocombustible está llegando a la
mesa de los españoles en forma de leche, huevos, carne
y pan, elementos básicos para el sustento vital.
La mayoría de los ciudadanos no entiende muy bien qué
quieren decir esas tres letras mayúsculas por las que
los entendidos miden la marcha de la economía de un país,
y que actúa de marcador en el alza de los precios. Por
incomprensible, el IPC parece sofisticado. Por sofisticado,
parece respetable. Por respetable, parece aceptable como un
mal irremediable que hay que sufrir.
Pero cuando al ciudadano se le dice que su economía se
deprecia porque la materia prima más importante en la
cadena alimenticia, está siendo empleada para mover motores,
y que esos desplazamientos, utilice o no vehículo, lo
está pagando él, la cosa cambia.
Apenas acaba de conocerse el nacimiento de esta nueva industria
y ya suscita descontento. Tanto que Italia ya ha formulado protesta
oficial mediante la huelga de la pasta; y si tenemos en cuenta
que el mayor detonante de la Revolución Francesa fue
la subida del pan, el tema da que pensar.
Antes de que las multinacionales petroleras dejen de ser imprescindibles,
van a surgir muchos intentos de monopolizar a la gallina de
los huevos de oro. Está por ver si los gobiernos tomaran
partido por los derechos humanos, potenciando una política
agraria que favorezca en los países subdesarrollados
el cultivo de cereal, y así, saciar el hambre de emigración
de muchos seres desesperados; o por el contrario, se limitaran
a la conquista invasiva y expoliante.
Sea como sea, una cosa es segura: cuando este avance esté
implantado mundialmente, guerras como la de Kuwait se harán
innecesarias por inútiles. Claro que quizá ya
estemos creando las premisas para un nuevo modelo de conflicto
ecológico: la guerra del cereal.