Me molesta que “Educación para la Ciudadanía”
moleste a Rajoy. Así lo hizo constar en el Debate del
Estado de la Nación, en el que señaló que
la citada asignatura no sirve sino para adoctrinar a las futuras
generaciones en el pensamiento socialista, algo que devendría
en futuros votantes socialistas. Lo que se conoce como lavar
el coco, vaya. Por eso, solicitó a Zapatero que se retiren
esos libros de los colegios.
Me molesta, y no por los contenidos de la asignatura, que desconozco.
Y desconozco, por tanto, si el PSOE se vale de ella para fabricar
votantes.
Me molesta porque, como miles de estudiantes, he tenido que
resetear mis neuronas tras cada curso para eliminar de mi memoria
cualquier rastro del catalanismo que se viene inoculando en
generaciones de valencianos desde una asignatura llamada Llengua,
presentada sospechosamente así, sin adjetivo o apellido
que anuncie de qué lengua se trata.
Me molesta porque el PP va a cumplir dieciséis años
en la Generalitat y nada hace presagiar, pese a la ampliación
de su mayoría absoluta, que en los colegios valencianos
dejarán de suspender a los niños y jóvenes
que sepan, opinen, argumenten, sientan y defiendan que el valenciano
es una lengua diferente del catalán.
Y así, curso tras curso, hasta que uno llega a la edad
de las urnas con la identidad zarandeada o perdida, tras haber
repetido hasta la saciedad que los vocablos genuinamente valencianos
son acientíficos e incultos, por más que los emplearan
nuestros clásicos.
Curso tras curso aprendiendo que el Siglo de Oro Valenciano
es el de las letras catalanas a pesar de que los escritores
nacidos en el antiguo Reino de Valencia proclamaban que escribían
en Lengua Valenciana porque no existía en la antigüedad
una AVL que impusiera la teoría absurda de que con el
Rey don Jaime vino el catalán y otras barbaridades de
tufillo imperceptible para los inocentes niños, que tragan
y recitan, qué remedio, todo aquello que garantice el
aprobado.
Esto también es educación para la ciudadanía.
Bricolaje para la expansión generacional de la mentira
catalanista, para el futuro y general desconocimiento de la
Historia valenciana y de la dignidad del idioma valenciano,
para la desaparición del sentimiento de valencianidad
y para la posterior rentabilidad electoral del nuevo encefalograma
colectivo, urdido y forjado desde la culpa que otorga la mayoría
absoluta.
Nadie en el Debate del Estado de la Nación habló
del problema del catalanismo en Valencia y Baleares. Sí
debatieron acaloradamente, sin embargo, acerca de las pretensiones
del anexionismo vasco sobre Navarra, o de la realidad histórica,
la nacionalidad o la identidad de otras comunidades. Del problema
valenciano “ni una sola palabra, ni gestos, ni miradas
apasionadas…”.
Para la metáfora he tomado prestado un estribillo de
Paulina Rubio, especialmente adecuado ahora que, para las Generales
que se avecinan, el PP tiene puestas sus expectativas de gobierno
en una presunta reedición del pacto con CIU.
El acecho de la matemática electoral garantiza a nuestros
escolares la educación para la ciudadanía catalana.
Así será mientras no estemos representados por
un partido propio valencianista que no tenga que pactar lo que
se enseña en las aulas.
Tomo prestada la idea de Rajoy de solicitar a Zapatero la retirada
de libros comecocos y hago lo propio solicitando a Camps que
retire los libros que convierten al catalán cualquier
rastro de cultura o idioma valencianos en las escuelas. Porque
dice que gobierna para los valencianos. ¿No?