OPINIO

VALENCIA, MI INFANCIA Y BLASCO IBAÑEZ


Enrique Alonso Amate
Presidente de Honor del Ateneo Republicano Blasquista - Vicepresidente de Coalicio Valenciana
 

Mi primer recuerdo al despertar a la luz de la vida, con sólo dos años, permanece imborrable en mi memoria.

Tuvo lugar en Alcoy, con los naranjos en flor de la primavera, y en el barrio de la Auxola, que quizá no exista ya.

Mi padre, amigo de labradores, me llevó a una alquería donde todo era nuevo para mi; el olor de la tierra húmeda y bien trabajada, la balsa de agua con su toldo de libélulas planeando, el azahar con el que los naranjos anunciaban ya su fruto, y sobre todo, el mismo con el que me trataba el agricultor amigo de mi padre, un buen hombre que me puso un ramito de olorosas flores en una de mis menudas manos, y en la otra quiso que yo atrapara delicadamente un pajarillo de alas doradas y temblorosas que pronto se escapó de mis dedos, volando alto y buscando el puro azul del cielo.

La pérdida de aquel regalo tan precioso me provocó un llanto tan desconsolado, que entristeció al buen hombre, quien me acariciaba compungido y me decía: “fill meu, no plores més”, mientras mesaba mis cabellos con la caricia de sus rudas manos. En un tierno acento valenciano había tal armonía, que al cabo de muchísimos años mis oídos no pudieron olvidar, pese a que pronto mi padre, que tanto estimaba a aquella buena gente, hobo de despedirse al ser trasladado a Almería, demasiado lejos para aquellos tiempos.

Después de esto, me toco vivir la mayor parte de mi vida pensando que algún día volvería a tierras valencianas buscando encontrar el paraíso perdido de mi más tierna infancia.

Sin embargo, tuve en mi adolescencia la suerte inmensa de que uno de aquellos buenos amigos que dejamos, nos evidenciara su recuerdo y afecto, enviándonos, una tras otra, las novelas de Blasco Ibáñez, sabedor como era, de que mi pare era también republicano. Yo las leía con fruición. Sé que nuestro remitente era de Beniarjó.

Me deleitaron títulos como “La vuelta al mundo de un novelista”; “Sónica la cortesana” y “Entre naranjos”.

Posteriormente, me llego, para mi disfrute, la t trilogía de “Arroz y tartana”, “Cañas y barro” y “La Barraca”.

La ultima de ellas me marco para siempre, narrando vivamente el ambiente de la huerta valenciana, fecunda, trabajada y sonriente, como dice el propio Blasco, y yo me volví a encontrar con mis viejos recuerdos, especialmente cuando el pastor, el tío Tomba, trata de advertir y consolar a Batiste, diciéndole: “Creume, fill meu, ¡te portarán desgrasia¡”, para que Batiste no se empecinara en cultivar aquellas tierras malditas. Esas palabras, “fill meu”, eran las mismas, y estaban dichas con la misma entonación que las que me prodigó el hombre que yo recordaba, aquel huertano de manos ásperas, ojos azules y acento valenciano inconfundible.

Y también sonó de nuevo en mis oídos el rumor de aquella agua escapada de la acequia, que corría bulliciosa entre los caballones de tierra que las manos del labrador apilaban con esmero geométrico.

Realizado mi sueño mas tarde de lo que yo quería, he gozado a placer de paisajes, olores y voces que creí perdidos para siempre, la voz de la bonhomía varonil y la de las chicotas que emplean ese suave acento, tan distinto en su fonética del bronco acento catalán, imposible de articular si se es valenciano de pura cepa.

Por ello, los intentos actuales de los políticos tratando de que nuestro vocabulario autóctono, el valenciano, debamos sustituirlo por el catalán, de acento duro y extraño, me dan la sensación irritante de que estos políticos al uso vienen sufriendo el síndrome de Estocolmo, envidiosos y persuadidos como están del poderío económico e industrial de los vecinos del Norte, cuya finalidad ultima es relegar al valenciano como simple dialecto, y al castellano, como lengua ajena y extraña de nuestra Comunidad.

De esta manera, cuando le comente a un distinguido aragonés, que vino en su día desde las duras tierras de Teruel al Reyno de Valencia, la novedad del nuevo Estatuto, pactado por los dos partidos mayoritarios para Valencia, donde se rebaja la categoría de la lengua castellana, también propia del pueblo valenciano, este ilustre turolense ha prorrumpido en exclamaciones de indignación, puesto que piensa como yo que, al situar al valenciano como la lengua propia de la Comunidad Valenciana (Art. 6.1 del Estatuto) se advierte un avance larvado de preparación para ulteriores maniobras de reducción de la presencia y uso de la lengua castellana, lo que me parece un disparate, pues a mayor abundamiento, señala el Art. 6.2 del Estatuto, que todos tienen derecho a conocer y usar ambas lenguas “y a recibir enseñanza del, y en, idioma valenciano”, sin mención alguna del idioma castellano, que queda así, no ya postergado, sino eliminado de dicho derecho.

Yo le aclare, compartiendo su inquietud, que la exclusiva defensa no solo del valenciano, sino también del castellano como lengua igualmente propia de nuestro pueblo, la esta llevando a cabo el único partido político que tiene el coraje suficiente de oponerse al monopolio y contaminación constante de la marea catalanista, una marea que, al contrario del agua que corría sin freno entre los caballones de mi infancia, amenaza ahora a nuestra tierra, negándonos esa agua, pero imponiéndonos su lengua.

El nombre de este partido valiente, es Coalición Valenciana, que no obedece ni al PP ni al PSOE, ni a los intereses catalanistas, sino a los verdaderos valencianos, que acogemos a los castellano parlantes como propios.

Recomiendo a mis lectores que lean “La Barraca”, obra escrita por Blasco en tan sólo dos días y a orillas del puerto de Valencia, donde ya el autor, se acredita como el mejor literato costumbrista en lengua castellana.

Igual que para el tío Barret su pasión suprema, las tierras, eran el amor de sus amores, también lo eran para Blasco, que lo hizo con estas palabras, luego esculpidas en la lápida de su tumba.

Quiero descansar
en el más modesto
cementerio valenciano
junto al Mare Nostrum
que llenó de ideal
mi espíritu; quiero
que mi cuerpo se confunda
con esta tierra de Valencia
que es el amor de mis amores.

XXII – V – MCMXXI (22 – 5 – 1921)