OPINIO

 

Conciencia Valenciana (CV)
 
José Luis Llorens
Profesor de la Universidad Politécnica de Valencia
 

Hay cosas peores que la corrupción, que el uso de la política para crear una nueva casta de gentes pseudo-importantes que no pocas veces acaban metiendo la mano en la caja. Quizá la peor de todas es la corrupción moral, manifestada en una ausencia casi total de valores: Ser político se ha convertido en sinónimo de “aquí vale todo” para conservar el poder, las prebendas y, sobre todo, se ha convertido en una ausencia casi absoluta de convicciones, de luchar por lo que se cree, de defensa de la verdad para no claudicar fácilmente ante cualquier presión que comprometa un voto.

La traición hecha al pueblo valenciano, a nuestra personalidad, a nuestra historia y, sobre todo, a nuestra lengua, ha tenido y sigue teniendo como protagonistas a quienes piensan que el fin sí justifica los medios. Quizá la izquierda traicionó primero, convirtiéndose en compañera de cama del más rancio catalanismo. Pero el PP, con la ayuda de muchos aprovechados con apariencia de valencianistas, remató la jugada: Con la excusa de que era necesario gobernar, con una pátina de valencianidad de opereta, con la teoría del mal menor (a la que muchos se abrazaron... para asegurar el pesebre) se ha querido terminar con lo más importante que se tenía que llevar entre manos y, así, unos y otros han estado de acuerdo en querer enterrar definitivamente nuestra conciencia como pueblo. Y en eso están.

Por eso, para muchos, una apariencia de buena gestión lo justifica todo. Hasta el voto. Nada importa, nada parece importar. “Aquesta eina de l’avi serveix per a la feina”, le obligan a decir a mi hija Laura en “coneiximent del medi”. Rabioso y ridículo catalán, peor que el “polaco” de Canal 9, siempre administrado con la amenaza de que, si protesta, tendremos incómodos suspensos. Conciencias dormidas ante los millones a espuertas regalados a los mercenarios colaboracionistas del genocidio cultural de lo valenciano, empezando por muchos colegas míos en la Universidad, vendidos al oro de la Generalitat (la de aquí o la otra, que viene a ser lo mismo y ahora se llaman igual), con el disfraz de una ciencia que es falsa porque no busca la verdad ni el compromiso con ella. Olvidan que sin conciencia no hay ciencia.

“Aquest establiment te fulls...”., podemos leer en cada comercio, en cada bar: El insultante cartelito firmado por la Generalitat, el mismo que colocó el ínclito Lerma, el mismo que ha seguido repartiendo Camps. “Aquesta targeta le permiteix l’accés als serveis...”, dice un plástico que acabo de recibir de la consellería de sanidad no sé si como regalo electoral, quizá para que no se me olvide que no quiero saber nada de esa forma de entender la política... ni la sanidad.

Por eso estoy orgulloso de ir en la lista de Coalición Valenciana al ayuntamiento de Valencia, sí. Porque quiero dejar a mi hija ese pequeño testimonio de apoyo a quienes no se rinden, a quienes creen que no todo es negociable. Aún no he oído decir una sola mentira en ese partido y sólo he visto gente normal; no he visto politicastros al uso sino ciudadanos orgullosos de sus raíces, que están hartos de llorar y de rabiar mientras ven, vemos, que unos y otros potencian ese narcótico general para las conciencias, para nuestra conciencia como pueblo. No he visto ninguno de los extremismos de los que, a falta de mejor argumento, siempre se acusa a quienes defienden la verdad, particularmente a quienes defienden sin complejos nuestra personalidad valenciana. Y, por contra, he visto muchos gestos de honestidad y muchos deseos de que se termine con esa corrupción moral que parece ir unida a la política. Muchos.

Las últimas elecciones en la “nación catalana” (je, je) trajeron la aparición, contra todo pronóstico, de un nuevo “partido” con un paralelismo evidente con CV. Seguramente, lo que molesta más de CV no es su permanente recuerdo de la traición a lo valenciano perpetrada por unos y otros (eso lo liquidan apelando al voto útil y manipulando las encuestas y a los encuestados) sino lo que CV representa como denuncia de esa “casta política”, no vaya a ser que un grupo de ciudadanos normales y honrados les alboroten el gallinero y pongan al descubierto sus vergüenzas, es decir, que puedan tener la oportunidad de demostrar que no es necesario ser un “político” como ellos para hacer las cosas bien (que tampoco es tan difícil), que no es necesario mirar hacia otro lado para ser alcalde, concejal o lo que sea menester, que no es preciso renunciar o traicionar las propias convicciones para ejercer la política.

Porque tienen que mirar hacia otro lado, sí. Después de estos ocho años, de la pestilencia repulsiva de la AVL, del catalán campando a sus anchas ¡hasta en las fallas!, de la entrega total de nuestra identidad en manos de quienes nunca han creído en ella, ya nadie puede seguir pasteleando o engañándose. Lamentablemente, el voto al PP (o, por supuesto, a sus paniaguados de Unión Valenciana) y no te digo nada si es al PSOE, significa no sólo aceptar que se sigan ciscando en nuestras raíces como pueblo, sino aplaudir justo eso, que en política puede valer todo... hasta haber propiciado esa pérdida de conciencia colectiva que lleva a tantos y tantos valencianos a considerar su propia identidad como algo secundario o irrelevante.

Dicen (y es verdad) que o se vive como se piensa o se acaba pensando como se vive. Lo mismo vale para el voto, claro. Quien es capaz de renunciar al éxito fácil o a los cantos de sirena del poder porque no está dispuesto a traicionar sus convicciones, es que tiene conciencia y, por tanto, será decente y eficaz en su gestión política. Así que... sí, definitivamente prefiero que me gobierne gente con conciencia, con Conciencia Valenciana.