OPINIO
 

Vent de Garbi

 
Abandonada en el frío y la miseria
 

Baltasar Bueno / Es diminuta, su pelo es canoso, blanco canoso intenso. No habla español. No puede mantener ninguna conversación. No pide nada y da las gracias, la única palabra que sabe decir es gracias.

Se pasa los días y las noches en la puerta del Instituto Benlliure, calle Alboraya. Tiene sus escasas pertenencias, cosas que le han ido dando, en dos carritos de supermercado.

Está allí sentada, aterida de frío, mojándose con la lluvia, pasando las horas. Nadie se acerca a ella, nadie le pregunta, nadie le dice si tiene hambre o necesita alguna cosa.

Cientos de personas entran y salen cada día del Instituto, nadie se acerca a ella. Está allí como una efigie muda, contemplando el espectáculo de nuestra inhumanidad, de nuestra indiferencia.

Decenas de hombres y de mujeres llevan a pasear sus perros a Viveros, perros bien cuidados, lustrosos, con sus trajecitos, mimosamente tratados. Pasan junto a ella, sin que les duela el corazón contemplar aquella anciana.

Nadie ha llamado a la Casa de Caridad, ni al albergue municipal, ni a ninguna de las entidades e instituciones que tienen por vocación, misión o empleo dar de comer o dar techo a los menesterosos.

Llueven chuzos de punta y la mujer aguanta el agua y el frío. Está medio dormida de noche, vigilante a ratos que no le quiten las cuatro ropas que lleva consigo. No se queja, se guarda el lamento y la desgracia para ella, sabe que eso es para ella, desgracia de la vida que le ha tocado en suerte.

Las alertas de nuestra sociedad no se disparan, acudirá la Policía, las asistencias, la Pepa fúnebre y el juez cuando la hallen muerta de hambre y frío.

Los políticos, los cargos públicos, -¿donde está el conseller de Bienestar Social Juan Cotino, tan de misa diaria?- que tienen el dinero de todo para la beneficencia, para atender estos graves casos, hacen la vista gorda, miran hacia otro lado, como con cualquier problema, la cosa no va con ellos.

Abandonada en el frío y la miseria, ella, anciana de cara amable y bondadosa, pasa aquí un capítulo más de su trágica historia, inmigrante sin papeles colada por los resquicios de puertas de recintos que creyó eran mejores que los suyos.

Le ha ido peor aquí, con toda seguridad, que en su tierra, donde sí debía al menos tener techo y pan. Un pan que aquí ni pide, sentada en la puerta de un instituto donde ni preguntan por ella, ni se compadecen de su miseria.

Es ella medida de nuestra “humanidad”, de nuestra “solidaridad”, de nuestra “sensibilidad”, del “progreso” de nuestra civilización y ciudadanía. Imagino que así debe pensarlo, callada y resignada, quieta, pacífica, silenciosa, resignada, en estas largas, frías y lluviosas noches de invierno de esta húmeda Valencia.

Está allí, agazapada en su soledad, enfrentada a secas con su tragedia y miseria, esperando que alguien se le acerque y le pregunte, le lleve pan y leche, alguna manta, se apiade y se compadezca de ella.

No hay nadie –cristianos incluidos- que llore por ella, que le tiemble el corazón y le explote el alma de rabia. Ni por ella, ni por nadie.