OPINIO
 

Paro y salud
 

Manuel Latorre / Decía el que fuera ministro del Gobierno Aznar Josep Piqué, en una entrevista aparecida en el Magacine de El Mundo del pasado 11 de enero, que España es uno de los países peor preparados para afrontar la actual crisis económica, y que por consiguiente deberíamos prepararnos para lo que se nos viene encima. Más allá de consideraciones partidistas o de opinión, la realidad parece empeñada en darle la razón. Si las grandes cifras macroeconómicas son desalentadoras, no lo es menos la realidad diaria y próxima que cualquiera de nosotros puede percibir con tan solo salir a la calle.
Indudablemente, la consecuencia más directa y, por desgracia, cada vez más próxima de esta crisis sin precedentes, es el crecimiento galopante de las cifras del paro. Por primera vez, el pasado mes de diciembre se superó la vergonzante cifra de tres millones de parados (exactamente 3.128.963), al mismo tiempo que se conocía que España, con un índice del 13,4 por ciento de la población activa desempleada, tiene, con diferencia, la tasa más elevada toda la Unión Europea, con todo lo que esto significa: más subsidios y menos cotizaciones, a partes proporcionales.

Pero no debemos caer en la tentación de quedarnos atascados en las farragosas cifras. Detrás de cada una de ellas hay un drama humano que es lo que realmente debe importarnos, y más si lo analizamos desde el punto de vista de la salud. Dejemos los análisis económicos para las revistas especializadas y centrémonos por un momento en las graves consecuencias que el desempleo puede tener para la salud de quienes se encuentran en una situación de desocupación.

En los años 80, se logró calificar definitivamente todas las enfermedades que afectaban de manera directa a los trabajadores con sobrecarga de trabajo, o lo que es lo mismo, con estrés. Pero no fue hasta bien entrados los 90 cuando se diagnosticaron fehacientemente las devastadoras consecuencias que para la salud puede tener encontrarse sin empleo. La temida depresión se apodera cada vez más pronto de los parados (“cada vez existen más casos de pacientes depresivos que están en la tercera y segunda década de su vida”, según el doctor Stuart Montgomery, presidente del Colegio Europeo de Neuropsicofarmaciología.). Pero los efectos del desempleo no son solo psicológicos. Hasta en un cuarenta por ciento se ha constatado que puede llegar a aumentar la demanda de subsidio por enfermedad al año de haber perdido el puesto de trabajo. Problemas cardiovasculares, músculo esqueléticos, respiratorios y digestivos aumentan notablemente entre las personas despedidas.

Y lo que es aun más terrible: las cifras de suicidio han aumentado exponencialmente en Irlanda, Escocia y España, casualmente los tres países con mayores cifras de desempleo de la Unión Europea. Evidentemente, no se puede establecer una incuestionable relación causa-efecto entre suicidio y desempleo, pero no deja de ser significativo que el aumento de los mismos sea mayor entre los hombres. Según la Oficina de Economía Sanitaria de Londres, esto es debido a que el desempleo afecta en menor medida a las mujeres.

No debemos olvidar que, junto al estrés, el miedo y la ansiedad, pueden ayudar a acelerar un proceso de autodestrucción que está mucho más arraigado en los varones, en los que es cuatro veces superior al de las mujeres. Así pues, es necesario que las autoridades se pongan a trabajar desde ahora mismo en una realidad que parece estar pasando desapercibida, o al menos solapada, por las grandes cifras del paro, pero que habrá que tener muy en cuenta también a la hora de adjudicar ayudas. Es preciso que a las previsiones sobre el elevado coste del desempleo se les sumen las del elevado coste sanitario resultante. Además, debe tenerse en cuenta que las consecuencias sanitarias pueden perdurar en el tiempo, más allá de la crisis misma.