José
Manuel Bou/
Siempre hay dos puntos de vista para la misma historia. Pongamos,
por ejemplo, la noticia de la admisión a trámite
por unanimidad del Tribunal Supremo, de la querella por prevaricación
interpuesta contra el juez Baltasar Garzón, por el sindicato
Manos Limpias, a consecuencia de la instrucción del proceso
contra el franquismo.
Primero tenemos el punto de vista de Pedro. Pedro es hijo de
un militar republicano que murió en combate en la guerra
civil. Pedro siempre ha considerado que su padre fue un gran
héroe, que lucho contra el fascismo, por la libertad
y la democracia, y culpa a Franco personalmente de su muerte,
como si el Generalísimo mismo hubiera apretado el gatillo.
Pedro no sabe donde esta enterrado su padre. Le gustaría
averiguarlo y darle sepultura de un modo más adecuado.
Cuando Pedro se entero de la investigación de Garzón
se alegró profundamente. Al conocer la admisión
a trámite de la querella se indignó. ¿Cómo
se atreven los “fachas” del Tribunal Supremo a encausar
a Garzón a instancias de un grupo ultraderechista, por
tratar de restaurar la memoria histórica y defender el
legado republicano?
Ahora veamos el punto de vista de Maria. Maria era muy pequeña
cuando el Frente Popular ganó las elecciones en 1939.
En los días siguientes unos milicianos mataron a su tío
de un tiro en la cabeza, cuando andaba por la calle, sin que
hubiera un motivo para ello. Pero lo peor estaba por llegar.
Una vez desatada la guerra civil, unos comunistas, presuntamente
a las órdenes de Carrillo, secuestraron a su padre. Meses
después se enteró de que había sido asesinado
en Paracuellos del Jarama. María nunca fue partidaria
del rencor y sí de la reconciliación. Cuando llegó
la democracia se alegro, como tanta gente de cualquier ideología,
aunque le preocupaban un poco las manifestaciones de la izquierda
en las que gritaban: “ETA ven y mátalos”,
pero supuso que serian solo una minoría. Sufrió
cuando con los votos a favor del PP (el partido al que ella
había votado) se concedió la nacionalidad española
a los miembros de las “Brigadas internacionales”
por “luchar por la democracia”, cuando ella sabía
que la mayoría de los brigadistas habían venido
a imponer el estalinismo. Sufrió aun más cuando
hicieron a Carrillo, el “presunto” asesino de su
padre, doctor honoris causa de una conocida Universidad, o cuando
le hicieron una cena homenaje en la que hablaron de “buenos
y malos”, dando un nuevo significado a la palabra maniqueísmo.
María esta harta de memorias históricas selectivas,
que solo recuerdan lo que les conviene y de investigaciones
extemporáneas de Garzón, que pretenden dar dignidad
a un régimen tan corrupto como la Segunda República,
la misma dignidad que le niegan a su padre, por haber cometido
el delito de dejarse matar por el bando equivocado. Porque en
la guerra civil hay víctimas de primera y de segunda,
según como se las pueda usar al servicio político
de los parásitos de turno.
Por eso, cuando María conoció la imputación
de Garzón se alegró.
Porque la Ley es igual para todos, y si un juez, sabiéndose
incompetente para conocer de un caso, aun así no se retira
del mismo, por motivos de pasión política, fingiendo
incluso ignorar la muerte de Franco para seguir en el proceso,
comete una prevaricación de libro y merece ser condenado.
Esperemos que el Tribunal Supremo tenga el valor de hacerlo.