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CONSIDERACIONES
ACERCA DE LA NACIONALIDAD
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Isabel
Oliver
Presidenta Ateneo Republicano Blasco Ibáñez |
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La definición política del vocablo nación
es: “conjunto de personas que hablan un mismo idioma y tienen
un mismo origen étnico, una tradición común,
un mismo territorio y la conciencia de un destino común.”
La nación empieza a despuntar a su luz histórica,
cuando el orden político medieval fragmenta su unidad hasta
entonces cimentada en la autoridad del Emperador, (en el orden
temporal,) y en la autoridad del Papa, (en el orden espiritual,)
y da entrada al surgimiento de grupos particulares cuyo nexo de
unión es el acatamiento al rey. Desligados del poder absoluto
del Emperador, se afirman los grandes Estados nacionales: Francia,
Inglaterra, España. Lutero acabará con el universalismo
católico en Europa.
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Sorprende
sobremanera que una Comunidad Autónoma como Cataluña
haya incluido recientemente la denominación de nación
en sus estatutos, para la tierra de su gobierno, porque haciendo
un simple análisis histórico, la Historia se hace
burla de esa pretensión.
Veamos: “conjunto de personas que hablan un mismo idioma”.
El idioma por el que se reconoce al pueblo español en
todo el mundo es el castellano; la lengua catalana es una derivación
del lemosín o lengua hablada en el NO. del Macizo Central
francés, lugar de donde llegaron, entrando por la región
nordeste de la península, hoy Cataluña, Ludovico
Pío para liberar a dicha región del avance musulmán
en el S VIII. Si a la raíz histórica nos remitimos,
muy bien podría llamarse francesa y no catalana a esta
lengua.
¿Un mismo origen étnico?: griegos, fenicios y
cartagineses mantenían más viva la huella de sus
antiguos asentamientos en el S VIII, en la región nordeste,
hoy Cataluña, que en todo el resto peninsular.
En nuestros días todos sabemos que Cataluña debe
gran parte de su boyante economía a la mano de obra de
extremeños, andaluces y murcianos principalmente, que
desde el siglo XIX iniciaron un éxodo regional buscando
mejoras a sus precarias posibilidades laborales en sus lugares
de origen.
¿Un mismo territorio?: Ludovico Pío, rey de Aquitania,
a mediados del S VIII puso bajo su protectorado algunas comarcas
y muchas plazas de la zona noroeste. En el año ochocientos
uno, se toma Barcelona y se instituye el Condado de Barcelona,
al igual que otros lo habían sido con anterioridad: Vich,
Ampurias, Urgel; es decir, feudos del ducado de Septimanía
y por tanto, del reino francés de Aquitania. Los Condes
de Barcelona fueron nombrados por el rey franco hasta el S XIII,
y siempre fue considerada por los soberanos franceses como una
parte de España, es decir, sin característica
de personalidad propia, sin huella diferencial.
¿Conciencia de un destino común?: Cataluña
nunca ha sido nación, ni antes ni después de Ramón
Berenguer IV. Su destino común siempre ha estado imbricado
dentro de los parámetros de un pueblo primero, sometido
al dominio franco; y por el matrimonio de Petronila de Aragón
y Ramón Berenguer IV, después, a ensanchar el
Reino de Aragón.
En el S XXI cuando los Estados nacionales europeos, por motivos
económicos tienden a la globalización, se alza
desafiante la pretensión nacionalista catalana, como
eterno elemento de fricción en la vida política
española; y al igual que el catorce de abril de mil novecientos
treinta y uno, Francisco Maciá declarara de motu proprio
la República Catalana,”…que libremente y
con toda cordialidad anhela y pide a los otros pueblos de España
su colaboración en la creación de una Confederación
de pueblos ibéricos...”; en estos días no
conforme con ser una Comunidad Autónoma, se declara nación,
y en el proyecto de modificación de su estatuto, se reconoce
como estado federal.
¿Tan ignorante es la soberbia de los políticos
catalanes que no aprenden el significado de la palabra federal?
La formación del Estado Federal se produce por dos vías:
por un proceso de asociación de varios Estados soberanos,
que en un momento determinado deciden, en uso libre de su soberanía,
conformar una entidad estatal superior, dotándola de
una Constitución y órganos concretos a los que
transfieren funciones y atribuciones que, a partir de ese momento
serán ejercidas únicamente por la nueva entidad.
La segunda se lleva a cabo por voluntad del Estado, quien en
virtud de un proceso de descentralización, decide convertir
a las diferentes regiones que lo componen en Estados, dotando
a cada uno de ellos de un texto constitucional, compatible con
una Constitución para toda la Federación.
Cataluña no es Estado soberano. No tiene facultad de
pactar con otras autonomías y menos, de imponer al Estado
Español su federalismo.
Los dirigentes catalanes llevados de la mano del gigante de
la ambición llevan años pretendiendo la soberanía
lingüística y cultural de las regiones levantinas.
Ya a nadie extraña que Cataluña ha hecho suyos
innumerables vocablos valencianos y nos los vende como de firma
genuina, bajo el sello de la normalización lingüística.
Ya la lengua valenciana se llama catalana. Ya nuestros clásicos
no son tales porque no tienen lengua propia.
Dentro de unos años Cataluña reclamará
que Baleares y la Comunidad Valenciana sean reconocidas como
tierras catalanas. Apelará para ello a la unidad cultural
y lingüística conseguida. La pregunta es: ¿Cuándo
eso suceda, despertará por fin la conciencia de nuestros
políticos en el poder, y serán capaces de, en
un ejercicio de honestidad, pensar antes en nuestra tierra que
en los honores del puesto que ocupan? Deberían de ir
posicionándose porque si el Tribunal Constitucional resuelve
a favor del Estatuto de Cataluña, y parece que tras el
fallecimiento del magistrado García Calvo así
va a ser, los valencianos habremos de soportar una invasión
más agresiva.
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