Celestino
Álvarez-Cienfuegos /
Desde la aparición de los primeros ejemplares humanos
sobre nuestro planeta, estos han sentido el afán, quizá
la necesidad, de dejar constancia de su paso por la Tierra,
perpetuando su memoria a través de pinturas o dibujos
rupestres, que, junto con sus primitivos útiles, es un
legado que nos ha dejado la quizá mal llamada “Prehistoria”.
Y digo “mal llamada” porque el hecho de no haberse
inventado la escritura (sin duda trascendental) parece que quiera
negar que aquellos antepasados nuestros hayan tenido historia
o que vivieron antes de Historia. Porque según eso, algunos
pueblos amazónicos o centroafricanos coetáneos
nuestros, no pertenecerían a la Historia por el simple
hecho de no conocer la escritura.
Aquel interés, muy lícito y loable, de aquellos
seres que “escribieron historia” de un modo ágrafo,
ha hecho derramar no pocos ríos de tinta, ha suscitado
controversias, ha despertado el interés de la mayor parte
del género humano desde unos siglos hasta ahora, provocando
que todos los pueblos anden tratando de desenterrar un pasado
suyo que les haga acreedores de un carácter y unas raíces
históricamente propios.
Pero, claro está, por diversas razones no todos los pueblos
contribuyeron en igual medida a escribir la Historia. Así,
mientras nuestro Mundo entraba en la Historia gracias a la escritura
y algunas ciudades y regiones escribían sus anales con
letras de oro durante más de un siglo (como es el caso
del Reino de Valencia) hubo otros que todavía se movían
dentro de un triángulo formado únicamente por
caballos, lanzas y piojos, y que lejos de tener una entidad
y una historia brillantes, debían vasallaje a las conveniencias
de unos señoríos de allende los Pirineos que nombraban
condes (francos o autóctonos según les convenía)
dependientes de monarcas carolingios para regir unas tierras
tristemente denominadas “Marca Hispánica”.
El hecho de poseer una cultura propia y pretender ensalzarla
y darla a conocer es un derecho legítimo que a nadie
se le puede discutir. Pero no hay tal legitimidad cuando careciendo
de tal patrimonio o sencillamente siendo pobre para que sirva
de “tarjeta de visita” se pretenda apropiarse de
otro, arguyendo razones de parecido o igualdad, porque entonces,
es simple y llanamente rapiña. Se podría establecer
una similitud, entre ese afán desde la carencia, y el
patán, que, al verse rico de repente, trata de comprar
un título de nobleza a costa de dinero.
Pero este afán, ya de por sí despreciable, se
complica y complica todo lo que le rodea, cuando unos políticos
fascistas de nuevo cuño, además de inventarse
una cultura que nunca se tuvo, en un ejercicio de malabarismo
cínico tratan de inventar una nacionalidad que nunca
existió. Dada la perpetua y enfermiza insatisfacción
del nacionalismo que tenemos al norte de nuestro Reino, parece
comprensible la intención de anexionarse cultural y políticamente
unos territorios que siempre fueron más ricos y cultos
que la “Marca Hispánica”, aunque sólo
sea con la finalidad de que Europa no se ría de la petulancia
de una pseudonacioncilla, que pretende navegar en contra de
la corriente del mundo y que se desmarca del estado español,
siempre que no haya que “parar la mano”.
En cualquier caso, este nacionalismo y sus no bien nacidos retoños
en la región valenciana, poco o nada podrían hacer
para conseguir su propósito, si los partidos políticos
que se hacen cargo del gobierno de la Nación en un “Turno
Pacífico” no necesitaran para gobernar, unos socios
tan poco deseables como esos nacionalistas y que para ello han
de aceptar un mercadeo, que, egoístamente y con absoluta
falta de solidaridad, sólo favorece a esa pequeña
parte del actual territorio español.
Pero también habría otro remedio, no menos eficaz,
para que estos inventores de la historia se conformaran con
esa pobre cultura montaraz que tuvieron, sin posibilidad de
vocear que personajes como Ausias March –por ejemplo-
fueron suyos. Y sería, que la ciudadanía valenciana
despertara de su letargo y de su condición de “Levante
feliz” y abriendo los ojos a la conveniente realidad,
cambiara los políticos que se deben a los grandes partidos,
por los gobernantes “de casa” que respondan ante
los valencianos. Eso si, conservando la voluntad que tenemos
de seguir cohesionados e ilusionados en ese gran proyecto histórico
y común, y que hoy por hoy todavía es una realidad,
que se llama . . . ESPAÑA.