José
Manuel Bou/
Resulta
curioso que movimientos que tradicionalmente se mostraron unidos
(y que son la columna vertebral del “political correct”
americano) como el feminismo y el antirracismo encuentren un
punto de colisión a la hora de valorar las costumbres
en el vestir de inmigrantes en Europa procedentes de países
islámicos, como el velo, el nicab y el burka. Mientras
las feministas las consideran muestras de sumisión de
la mujer al hombre, los antirracistas sostienen que esta es
una visión etnocentrista y que, en su contexto cultural,
estas prendas pueden tener un significado distinto, incluso
opuesto, como liberación de las cadenas de la moda y
de las exigencias estéticas occidentales que tratarían
a la mujer como un objeto sexual. Si esta interpretación
puede ser discutible en lo relativo al velo, resulta inaceptable
en las otras prendas señaladas que tapan la cara de la
mujer. En Occidente que a un ciudadano se le pueda ver la cara,
y por tanto identificarle cuando anda por la calle, no es una
cuestión de estética o de costumbre en el vestir.
Es una cuestión de dignidad y de orden público,
y esos son precisamente los límites de la libertad de
ponerse la ropa que uno quiera.
Como
lo único peor a que a uno lo llamen sexista es que lo
llamen racista, nuestros políticos y medios de comunicación
se encuentran paralizados ante esta cuestión sin saber
a que agarrarse. Aquí resulta imposible ser del todo
políticamente correcto, pues se adopte la posición
que se adopte se peca de algo.
Otra
cuestión en que se ponen de manifiesto las paradojas
del igualitarismo, las contradicciones de lo políticamente
correcto y las trampas del relativismo es la referida a como
extranjeros copan las ayudas sociales privando de ellas a los
españoles más desfavorecidos. Querer negar esto
acusando de racista a quien lo señale es querer negar
la evidencia.
Yo
creo que los extranjeros deben gozar de los derechos fundamentales
recogidos en la constitución en términos de igualdad
con los españoles, con las lógicas excepciones
señaladas en la propia constitución en lo relativo
al sufragio. Creo también que los inmigrantes legales
deben tener acceso a los servicios públicos en las mismas
condiciones que los españoles, pues es exigencia de la
vocación humanista de nuestro sistema. Finalmente creo
que los extranjeros residentes en España pueden acceder
a las prestaciones sociales cuando cumplan los requisitos para
obtenerlas, pero no a costa de privar de ellas a los españoles.
Aquí un igualitarismo integrista nos invitaría
a pensar que los inmigrantes deben acceder a estas ayudas sin
valorar su nacionalidad y si de ello resulta que a los españoles
les van a ser negadas, pues mala suerte. Sin embargo esta sería
una visión muy simplista. La verdadera igualdad exige
valoraciones más profundas que esas.
En
primer lugar debemos tener en cuenta que los inmigrantes pueden
recibir ayudas a la integración que por su propia naturaleza
los españoles no reciben. Además en determinados
casos pueden recibir ayudas de los gobiernos de sus países
de origen a través de las embajadas, que obviamente tampoco
van a recibir los españoles. Pongamos por caso a un comerciante
chino que compite en el mercado con uno español. Si el
primero recibe una ayuda del gobierno chino, y otra del gobierno
español, y el segundo solo la del gobierno español
y a veces ni eso, difícilmente podrá competir
en condiciones de igualdad con el oriental. Por último
debemos valorar también el principio de reciprocidad.
Observemos a un ecuatoriano, un marroquí y un rumano
que cobran el “prodi” (la nueva ayuda de Zapatero)
en España y preguntémonos ahora ¿un español
en Ecuador, Marruecos o Rumania accedería a un subsidio
equivalente en las mismas condiciones, cumpliendo los mismos
requisitos, de los gobiernos de estos respectivos países?
Todos sabemos que no. No parece muy justo para los españoles
que extranjeros estén cobrando en España en condiciones
en las que los españoles no cobrarían en estos
países.
Un
extranjero que haya trabajado un año en España
puede cobrar cuatro meses de paro, dos años de subsidios
con responsabilidades familiares (aunque su mujer o sus hijos
se encuentren fuera de España), seis meses de prodi,
once meses de RAI, ayuda esta última que puede cobrar
hasta 3 veces (solo por citar las ayudas del INEM). Bien es
cierto que un español también puede cobrarlos,
pero los límites de rentas son tan bajos que muchos no
podrán hacerlo, salvo que obtengan sus ingresos en la
economía sumergida, cosa frecuente en los extranjeros.
Que unos inmigrantes que han conseguido su permiso en función
de que tenían un contrato de trabajo, cobren un subsidio
para asistir a las personas en el desempleo no tiene lógica,
puesto que si ya no tienen trabajo lo adecuado es que regresen
a su país, no que permanezcan en España viviendo
de ayudas sociales mucho más tiempo del que estuvieron
trabajando. De igual modo, ayudas que tienen por objeto fomentar
la natalidad para combatir el envejecimiento de la población,
no tiene sentido que las copen inmigrantes cuya presencia en
España es, en principio, provisional, en relación
a oportunidades laborales que no tienen en sus lugares de origen
a los que, en teoría, regresaran cuando su desempeño
profesional haya terminado.
Según
datos de las comunidades autónomas poco más de
un 10% de población inmigrante recibe casi el 50% del
gasto en programas sociales y cada inmigrante implica un gasto
social de más de 600 € por encima de lo que aporta.
No pretendemos frivolizar con la tragedia de la inmigración
(de la que he tratado en otros artículos) ni presentar
a los inmigrantes como parásitos, que viven de ayudas
públicas. Cierto que algunos lo hacen (cierto que algunos
españoles también), pero la mayoría intentan
trabajar y buscar un futuro mejor. El problema es que en la
actual situación de crisis, con la inmigración
desbocada que las irresponsables políticas del PP y del
PSOE han facilitado y el absurdo sistema de subsidios en el
que se prima la picaresca sobre el trabajo, la finalidad ultima
de la inmigración no parece ser ya trabajar, sino vivir
de ayudas sociales, y eso no hay economía que lo resista.
En este contexto, que se establezcan cuotas mínimas de
ayudas a percibir por españoles, que se señale
como requisito la nacionalidad española para acceder
a algunas de ellas y que, como propone Coalición Valenciana,
se fije un principio de prioridad de los ciudadanos autóctonos
frente a los foráneos, no parecen propuestas descabelladas
ni concesiones al populismo, ni mucho menos al racismo, sino
una necesidad para evitar males mayores, que posiblemente los
inmigrantes serian los primeros en padecer.