José
Manuel Bou/
Resulta
un espectáculo desolador observar como los políticos
rehuyen toda responsabilidad sobre los efectos de sus decisiones
o de su imprevisión. Nunca nada es por su culpa, aunque
si corren a atribuirse el mérito de cualquier logro de
la sociedad, conseguido normalmente, a su pesar, superando,
con el esfuerzo colectivo de los ciudadanos, los obstáculos
que los políticos, en su mezquindad o en su estupidez,
han puesto.
Por
supuesto, cuando se hizo inevitable reconocer que, e efecto,
estábamos en crisis, todos corrieron a echarle la culpa
a otro, incapaces de asumir su cuota de responsabilidad. Así
Rajoy culpó a Zapatero, Zapatero a Bush, Bush a unas
hipotecas que databan de la época de Jimy Carter, y Carter,
si hubiera sabido quien era Rajoy, seguramente le hubiese echado
la culpa a él, para cerrar el círculo.
Lo
malo de esta historia es que todos tienen parte de razón,
porque todos tienen culpa. Los abusos del sistema financiero
consentido por una clase política mundial mediocre nos
han llevado a esta delicada situación a nivel global.
Zapatero es responsable en la parte que le toca, como lo es
Bush en la suya y como lo son los demás líderes
internacionales. Sin embargo la crisis presenta en España
circunstancias peculiares: Mayor duración y mayor aumento
del desempleo. En efecto, mientras que otros países de
nuestro entorno ya están saliendo de la crisis, España
no hace más que hundirse en ella, sin que veamos aun
la luz al final del túnel. Además en ningún
país europeo ha subido tanto el paro como en España.
Y de eso sí tiene la culpa Zapatero. El presidente del
Gobierno español es el máximo responsable de las
peculiaridades que hacen la crisis peor en España para
millones de desempleados que se preguntan cada mes como lograrán
pagar las facturas. Y decimos el máximo y no el único
porque el Partido Popular también tiene cuota de responsabilidad,
primero porque algunos de los desequilibrios de la economía
española vienen de la época del Gobierno de Aznar,
como la burbuja inmobiliaria, y segundo, porque a pesar de que
el PP ha estado en la oposición durante estos últimos
años, lo cierto es que ha desempañado importantes
cuotas de poder, tanto en las Comunidades Autónomas,
como en los Ayuntamientos en los que ha gobernado, haciendo
normalmente en la práctica lo contrario de lo que Rajoy
predicaba en la teoría.
De todos modos, estas incoherencias del Partido Popular no eximen
en absoluto a Zapatero de ser el principal culpable de la ruina
actual de España. Primero negó la existencia de
una crisis, que era obvia, luego fue incapaz de tomar medida
alguna al respecto y, cuando finalmente hizo algo, fue tan desafortunado,
que nos hizo añorar la época en que le reprochábamos
su inactividad. Si el propósito del Presidente español
hubiese sido hundir al país, difícilmente podría
haberlo hecho mejor.
Zapatero
se pretende heredero del presidente americano Roosevelt que
para sacar a los Estado Unidos de la Gran Depresión,
aplicó las políticas económicas conocidas
como New Deal, basadas en las teorías del economista
Keynes. Estas teorías consistían básicamente
en afirmar que cuando una economía presupuestariamente
saneada entra en recesión, es admisible un cierto endeudamiento,
que financie la creación de empleo público con
el que se corte la dinámica de aumento del desempleo
y descenso del consumo que lleva aparejada la crisis. Más
valía, sostenía Keynes, que un hombre cave un
hoyo por la mañana y que otro lo tape por la tarde, a
que los dos estén en paro. Cuando se produce una crisis,
las empresas, al no conseguir financiación, no pueden
acometer ciertos proyectos con lo que deben prescindir de algunos
trabajadores. Los parados, al tener menos ingresos, consumen
menos. Al bajar el consumo las empresas deben bajar la producción
con lo que les sobran empleados. Así se entra en un círculo
vicioso del que se pretende salir con estas medidas. Sin embargo
no es eso lo que ha hecho Zapatero. Para empezar España
ya estaba endeudada antes de la crisis, con lo que su capacidad
para aumentar el gasto público sin que ello afecte negativamente
a la economía que es muy baja. Las deudas exageradamente
altas de Ayuntamientos y Comunidades autónomas dejan
sin margen de reacción ante la crisis al Gobierno central,
que por su parte, dilapidó un falso superávit
en fomentar al clientelismo político antes de las elecciones.
Aquí observamos que mientras Rajoy predica austeridad
presupuestaria en el Congreso, Gallardón en el ayuntamiento
de Madrid o Camps en la Comunidad Valenciana practican el despilfarro
y el hiperendeudamiento.
Además
las teorías de Keynes implican que los ingresos obtenidos
de los impuestos o la deuda pública se inviertan en la
creación de empleo. Zapatero, sin embargo, los ha destinado
al reparto de subsidios, como sobornos electorales. De este
modo el Gobierno nos obliga a jugar a todos a una macabra lotería,
en virtud de la cual a todos nos suben los impuestos, pero sólo
unos pocos perciben el subsidio. No quienes más los merecen,
ni quienes más los necesitan, sino quienes cumplan una
serie de requisitos basados principalmente en el azar, como
haber terminado la prestación en una determinada fecha
y no en otra o conseguir ocultar los ingresos para que al INEM
no le consten las rentas obtenidas.
Así
vemos que las medidas adoptadas por el Gobierno, básicamente,
aumento del endeudamiento, subida de impuestos y reparto de
subsidios, no sólo no ayudan a la creación de
empleo y a la salida de la crisis, sino que resultan contraproducentes
y redundan en el aumento del desempleo y el alargamiento de
la recesión. Y de todo esto si que tiene la culpa la
clase política española, encabezada por PP y PSOE
y, principalmente, el Presidente del Gobierno español
José Luis Rodríguez Zapatero.
Sectores
próximos al Gobierno han querido comparar la situación
de España con un barco que se debate en medio de una
tormenta. La tormenta, dicen, no es culpa del capitán
del barco. Sí que es culpa del capitán, en cambio,
podría respondérseles, haber ignorado los partes
metereológicos y haber mantenido el rumbo equivocado,
de forma que, mientras otros barcos europeos navegan ya hacia
la bonanza, España amenaza con encallar.
Ayuntamientos
que no pagan a sus contratistas, Administraciones que deben
recurrir a financieras para pagar los sueldos a sus funcionarios,
un gobierno capaz de subir el IVA, el impuesto que paga todo
el mundo, parados incluidos, en lugar de aquellos que gravan
sólo a los ricos… Este es el triste panorama de
un país cuyo presidente aprendió economía
en dos tardes… de las que debió pasarse durmiendo
tarde y media.