EDITORIAL
 
El discurso de Camps
 
 

Es curioso como una misma noticia, un mismo hecho es tratado de forma tan diferente según el medio del que se trate. Si la información es estrictamente política, la diferencia es tan acusada que incluso llevan al lector a creer que son noticias diferentes. Uno de los últimos ejemplos sea el discurso de año nuevo del president de la Generalitat Valenciana, Francesc Camps. Según se lea un medio de comunicación u otro, podemos llegar a pensar que Camps leyó hasta dos discursos diferentes, uno para los medios proclives al PP y otro, totalmente distinto, para los medios reacios al PP.

La verdad es que Camps volvió a hacer lo que mejor sabe, hablar de cifras que marean al espectador y así habló de un programa de inversiones que superarán los 8.000 millones. Se trata, precisamente, de la misma cifra de inversiones anunciadas en el plan Zapatero para toda España. ¿De qué chistera sacará Camps tal cantidad presupuestaria?

Lo mejor del discurso, ni Leni Riefenstahl lo hubiera hecho mejor, fue la escenografía elegida. Se eligió una provincia rebelde, Alicante, que incluso recibió a Camps con abucheos los días del Congreso provincial del PP, un Benacantil iluminado como escenario a lo monte Olimpo del destino de Camps, un estudio milimétrico de las posturas corporales y gestuales del president y un gasto excesivo en maquillaje y bonos de rayos UVA para todos los presentes.

Incluso se evitó el uso de palabras tabú como “crisis” y se volvió a utilizar los eufemismos propios del ministro Solbes. Un espectáculo televisivo por lo dicho y como fue dicho, que contrasta con la realidad de la sociedad valenciana que según la última radiografía de las condiciones de vida de los valencianos que refleja la última encuesta anual sobre hogares del Instituto Nacional de Estadística (INE), más de la mitad de los hogares valencianos percibe alguna prestación social en forma de ayudas, desempleo o pensiones para poder salir adelante o que el 16,3% de las familias sobrevive por debajo del umbral de la pobreza. Ya sabemos donde tiene o debería destinar Camps sus mágicos 8.000 millones.