Al
mismo tiempo que nos hacíamos eco de que la crisis "casi
insoportable" para Zapatero iba a constituirse como una
gran frustración para los inmigrantes que acudían
a nuestras tierras en busca de trabajo, salud y pan. Muchos
medios de comunicación recogían la noticia de
los altos índices de criminalidad a los que se está
llegando, producto de una política verdaderamente insoportable
y en la que el Estado no puede garantizar la seguridad
ciudadana de los españoles.
El censo penitenciario no sólo se multiplica sino que
se diversifica. Se multiplica en sus cifras absolutas y se incrementa
exponencialmente la población reclusa extranjera. Los
últimos estudios oficiales señalan que hay 24.088
presos de otros países, 16.188 más que en 2000.
Los extranjeros encarcelados, el 90% varones, representan el
34,8% de los 69.156 reclusos. Cuenta este informe oficial que
las razones de éste fuerte incremento obedecen, según
los expertos, a razones económicas y culturales. Las
penurias materiales por las que atraviesan muchos inmigrantes
les conducen a la delincuencia. Se da la circunstancia de que
buena parte de estas personas no tenían antecedentes
penales. Asimismo, en España hay 5.995.962 extranjeros,
lo que supone el 13% de los habitantes del país. Dentro
de las prisiones, esta proporción se multiplica por tres
hasta alcanzar el 34%.
Concluye este informe que ha sido muy relevante el crecimiento
de la colonia presa procedente de Rumanía. En 2000, había
un número testimonial de reclusos de esta nacionalidad,
33, pero ahora hay 1.745 internos. La colonia rumana en prisión
se ha multiplicado 52 veces, hasta convertirse en el tercer
colectivo extranjero con más presos, el 8,6% del total
de inmigrantes entre rejas.
Ante esto no caben ni medias tintas ni complejos. Tampoco políticas
de escaparate como el hacer firmar a un extranjero un documento
por el que se compromete a cumplir la ley y respetar nuestras
costumbres. Esto es pura demagogia, si no tomadura de pelo.
Lo que tiene que hacer nuestra clase política es regular
la inmigración que queremos los españoles. Aquella
que tenga opciones reales de su inserción social y laboral
y que no constituya un peligro ni para nuestra seguridad ciudadana
ni para nuestra seguridad social, ni suponga una frustración
personal y familiar del inmigrante. Queremos una inmigración
que trabaje y se integre en nuestra sociedad y para ello hay
que acometer una politica selectiva de la inmigración
que priorice la entrada de trabajadores con las máxima
identidad cultural con el país de acogida con el fín
de evitar brotes de razismo recíproco o guetos religiosos
o sociales.
Priorizar la inmigración sudamericana es, además
de una garantía de convivencia cultural y religiosa,
un acto de hermandad y justicia histórica.