Baltasar
Bueno / Como el último viernes del mes de agosto
no hacían Aida en la tele, me impuse como penitencia
escuchar el “discurso” de Francisco (Gürtel)
Camps a su entregada afición pepera en la cena de inicio
de curso político celebrado en Teulada, y de la que anunciaron
a bombo y platillo que habían acudido dos mil personas.
Primera bola.
Estuvo
patético el hombre, charlatán de feria que no
vende un peine y que no se cree ni él mismo lo que dice
ni subiéndose juramentado a una silla lanzando a grito
pelado cuarenta mil improperios.
Las
trolas las fue soltando una detrás de otra. Fue un discurso
en absoluto nada programático y que sólo se caracterizó
por ser un sermón facilón antizapatero y que la
alternativa al sujeto socialista era él, Paquito, y Rajoy,
otro que tal, Pascual.
Fue
un discurso fofo, falto de contenidos, cutre, hortera, chabacano
y sin gas. Repetía, y volvía a repetir, falto
de ideas, argumentos y vergüenza, lo mismo. De sus dimes
y diretes contra el Zapata no lo sacaba nadie.
A
mi me dio vergüenza ajena escuchar al individuo que ha
paseado nuestra deshonra publicitaria como pueblo a la salud
del Gurtelazo, que dijera que éramos la Comunidad más
reconocida en España y en el mundo, la más afamada
de todas las patrias.
Pero
más me avergoncé de escucharle cómo atacaba
a los socialistas porque se avergonzaban de ser valencianos,
de nuestras señas de identidad y de enarbolar nuestra
Real Senyera.
Ahí
ya la carcajada que me provocó fue de antología.
Camps que negoció la entrega a Jordi Pujol y a los catalanistas
de la Lengua Valenciana, de la Academia Valenciana de la Lengua,
que puso en la AVL una inmensa mayoría de académicos
catalanistas, y que los sigue poniendo –el último
ha sido Bellveser, de quien Ricart Garcia Moya ya lo puso en
su sitio en un brillante artículo en estas mismas páginas-
se las dio de valencianista en su discurso, confundiendo una
vez más a los valencianos de buena fe y corazón,
que siguen creyendo aún que el PP es valencianista. Si
el PSOE sentó los fundamentos del catalanismo en el Reino
de Valencia, el PP de Zaplana, Camps y Rajoy levantó
y acondicionó todo el edificio, lo desplegó y
acondicionó, lo dotó humana, técnica y
económcamente.
¿Llegarán
los electores, el pueblo valenciano de verdad, los que sufren
día a día la catalanización que consiente
y promueve a diario el PP –le acaban de cambiar el nombre
a Valencia, catalanizándolo con un Balànsia que
tumba de espaldas,- a votar otra vez al PP para que siga engordando
y catalanizando a troche y moche?
Al
pueblo lo tienen bastante engañado, anestesiado. Se va
a meter más anestesia a base de cabalgatas, desfiles,
concursos de paellas, circo, mucho circo, para que se pueda
hacer más caja. Pase lo que pase y pese a quien pese.
Cueste lo que cueste. Se pisotee, venda o traicione lo que haga
falta. Y mentir más que respirar.
Hasta
que el pueblo despierte, o se canse, o se dé cuenta de
que le están tomando el pelo, contándole ya demasiadas
películas de vaqueros. Hasta que le dé a la gente
un arranque de dignidad, como han hecho los valencianos en los
momentos más críticos y difíciles de su
historia.
Cosa
que uno personalmente duda y se alinea con aquella famosa sentencia
del gran valencianista Miguel Ramón Izquierdo, quien
dijo: “No se ya que li tendrá que passar al poble
valencià, per a que reaccione i actúe ab dignitat”.