OPINIO
 

La degradación frente al valor de los principios

 
 

José Vidagany / Quizás este no es un artículo al uso de colaboración para El Palleter, quizás se trata simplemente de una serie de reflexiones sobre el ser humano, la sociedad y la vida en general que he querido plasmar sobre el papel, pero creo que si le encontramos el verdadero significado de lo que aquí se dice, podremos aplicarlo no sólo a nuestra faceta como valencianistas, que es el caso de este artículo, sino en el resto de áreas de la vida.

La sociedad actual que estamos creando entre todos está fascinada por la apariencia, el estilo de vida, la satisfacción de lo inmediato y la búsqueda sin descanso de nuevas experiencias que cubran las propias carencias que tenemos como seres humanos.

Actualmente, lo que Pierre Bourdieu llama en sus estudios sociológicos, nuevos intermediarios culturales, se ocupan de proporcionarnos bienes simbólicos y servicios que sacien nuestro deseo más elemental. Promovemos, y estamos favoreciendo activamente, un estilo de vida que pone a disposición de todos, la rápida satisfacción de los deseos, pero olvidándonos de que por encima de esa oportunidad está la necesidad de todo ser humano, la felicidad propia. Competimos despiadadamente, incluso aunque no conozcamos las reglas ni las fronteras del juego de la vida. El hecho de estar en este juego y de jugarlo sin siquiera saber por que lo jugamos es la ilusio, término acuñado por Bourdieu, que hace referencia a una mera ilusión de lo que son nuestras pautas de conducta como modelos únicos a seguir impuestos por la sociedad, es decir, seguir los patrones marcados socialmente.

La apariencia de felicidad, el consumo y la injustificada necesidad de satisfacer al prójimo, sin parar a descansar y pensar en las necesidades propias, es una marca que define nuestro actual comportamiento. La seducción de lo inmediato, es el instrumento más perverso de una sociedad consumista como la actual, donde una parte importante de los agentes sociales han descubierto en el consumismo es su forma de vida y existencia, convirtiéndose en un signo y símbolo cultural de esta época, basado más en el deseo que en la necesidad, y bajo ese prisma, aquellos que se resisten a convertirse en simples espectadores de ese nuevo estilo de vida están abocado a la desaparición o a la mera retórica del dolor. El “pan y circo” que está empleando el Partido Popular en la Comunidad Valenciana para seguir obteniendo mayorías absolutas tiene mucho que ver con eso, la persona se ha desvinculado de sus obligaciones como Ciudadano, y las ha delegado en unos nefastos administradores, llamados políticos, quienes les ha podido la avaricia y la codicia, pero siguen ahí, porque verdaderamente la sociedad ha experimentado un cambio brusco en su actitud, y ha abandonado su carácter reivindicativo y exigente.

La individualidad, la autoexpresión, el estilo personal, la autocomplacencia son marcas de una sociedad y unos hombres degradados, donde la forma de vestir, de hablar, las preferencias en la comida y en la bebida, el tiempo de ocio, la casa, el coche o el reloj parecen ser los únicos indicadores de nuestra forma de ser, un retrato brutal del fracaso de todos los valores, normas e ideas que supuestamente deberían de alimentar al hombre. Estamos dibujando un mundo desquiciado y que simboliza la deshumanización de nuestra sociedad, y con ella, la de toda una clase política donde en la actualidad hay abiertos 730 casos de corrupción contra políticos, o donde los dos grandes partidos, PP y PSOE, han pactado abiertamente y con absoluta desvergüenza “no hacer sangre con los casos de corrupción”.

Para Freud, fundador del psicoanálisis, la seducción de la vida está en el alcance de la felicidad a través de la satisfacción del instinto y el placer, algo sobre lo que evidentemente no puede estar de acuerdo, si todo se reduce a eso, aquellos que creemos en el género humano, en valores superiores y en principios como la amistad, la patria o la honestidad estamos irremediablemente encaminados a nuestra destrucción, ya que entraremos en un conflicto intrínseco entre el placer y nuestra psique, o mejor dicho, entre lo material y el perfeccionamiento espiritual, perdiendo claramente y por desgracia este segundo, ya que el primero es imparable y arrollador, todos y cada uno de nuestros días, mientras que el segundo sigue un ritmo más lento y pausado, pero a la vez más satisfactorio si somos capaces de alcanzarlo.

Toda esta reflexión, la podríamos encauzar en el movimiento valencianista de resistencia, por cuanto, seria fácil integrarse en el grupo, seguir la corriente dominante, comulgar con las normas de la AVL o cerrar la Batalla de la Llengua que se libra desde hace décadas, aunque esto suponga rechazar lo más profundo de nuestro ser, pero lo complicado es levantar la cabeza y comprender que frente al degradante egoísmo del prójimo que impera en esta sociedad, se encuentra la ética del interés colectivo, aunque sea misma colectividad no sea ni tan siquiera consciente de su situación. Debemos convencernos de nuestra verdad, de la autenticidad de nuestra lucha por nuestros ideales valencianistas, huyendo de la brutal renuncia a nuestra libertad individual. El pretender integrarse en el grupo o seguir el poder establecido, tiene su contrapartida en el propio Canto 24 de la Iliada donde Apolo dice, como primer signo de esa dejarse llevar que causa dolor, “Sois terribles dioses, en vuestro deseo de destrucción Héctor os ha hecho sacrificios y ahora le dejáis yacer en tal dignidad, esto no es humano”. Por lo tanto, no permitamos a esos terribles dioses, que en este caso sería toda la clase política valenciana, que nos arrastre en su deriva, en la deriva de una sociedad donde se disfruta con el dolor, el placer inmediato, la violencia y la humillación, porque esos dioses son capaces de atentar contra sí mismos y los que les rodean por alcanzar su satisfacción personal, haciendo que nuestros sacrificios y correcto actuar nos conviertan finalmente en un mero espejismo de nuestra persona y de nuestra felicidad.

Apartemos de nuestro lado a los terribles dioses que sólo desean destruirnos por su autosatisfacción personal, sigamos defendiendo nuestros ideales valencianistas con la misma fuerza, valentía y entereza como lo hemos venido haciendo en los últimos años. Busquemos la felicidad, seamos capaces de luchar contra los condicionantes y estereotipos de toda una sociedad degradada, no tengamos miedo al insulto fácil, a la difamación o al descrédito personal por el mero hecho de ser y sentirse valenciano y valencianista, pero hagámoslo por aquello y por aquellos que realmente valen la pena, hagámoslo por la familia, por los amigos y por el valencianismo. Ese es el difícil reto que nos impone la vida, descubrir con el dolor, quien es valedor de obtener nuestra amistad. No la regalemos y seamos dueños de nuestros sentimientos.

 


 
José Vidagany Peláez
Secretari General de Coalicio Valenciana